lunes, 9 de marzo de 2026

Crónica y fotos: KATAKLYSM + VADER + BLOOD RED THRONE, sala Mon de Madrid (27.02.26)

En Madrid, en la zona de Moncloa-Chamberí, no iba a ser una noche cualquiera, ya que la sala Mon estaba preparada para recibir a tres grandes del metal extremo en la gira "Freedom Or Death Tour 2026", a cada cual mejor, donde tocarían Kataklysm, Vader y Blood Red Throne.

Hablar de la gira europea de 2026 de Blood Red Throne es hablar de una banda que, lejos de acomodarse en su legado, decidió reafirmar su lugar en la élite del death metal contemporáneo con una descarga concisa, técnica y devastadora.

Con más de dos décadas de trayectoria, el grupo noruego volvió a los escenarios con un repertorio que combinó músculo clásico y material reciente, dejando claro que su brutalidad no es nostalgia, sino evolución constante.

Formados en Kristiansand a finales de los noventa, Blood Red Throne nació de la inquietud musical de Daniel “Død” Olaisen (guitarra) y Tchort (bajo, en sus primeras etapas), con la intención de crear un death metal feroz, técnico y sin concesiones. En 2026, la alineación muestra a una banda madura y cohesionada: Død continúa siendo el arquitecto principal del sonido, con riffs afilados y una ejecución quirúrgica, conocido por haber pertenecido a Satyricon; el vocalista actual aporta una presencia dominante, con guturales profundos y perfectamente proyectados; la sección rítmica —bajo y batería— funciona como una maquinaria de precisión, sosteniendo cambios de tempo vertiginosos y pasajes de blast beats con una solidez impresionante.

La gira de 2026 se apoyó con fuerza en su álbum más reciente, Siltskin, pero también miró hacia atrás para recuperar momentos clave de su discografía. El set, aunque compacto, estuvo milimétricamente diseñado para no dar respiro.

El arranque con “Unleashing Hell” fue una declaración inmediata de intenciones. Desde los primeros segundos, la canción despliega un patrón de batería basado en blast beats sostenidos a alta velocidad, con alternancia de dobles bombos que marcan una base implacable. El riff principal, construido sobre palm-mutes cerrados y progresiones descendentes en afinación grave, genera una atmósfera asfixiante.

En directo, el tema funciona como detonador: la banda entra sincronizada, y la respuesta del público es inmediata. La estructura relativamente lineal del corte permite que la energía no decaiga en ningún momento, convirtiéndolo en un opener ideal.

Con “Beneath The Means”, extraída de “Siltskin”, el grupo muestra su faceta más refinada sin sacrificar brutalidad. Aquí se percibe una producción moderna trasladada al directo con sorprendente fidelidad: guitarras con mayor definición armónica, cambios de dinámica más marcados y una batería que alterna entre secciones de velocidad extrema y grooves más pesados. Técnicamente, la canción destaca por sus transiciones internas, donde la banda modula intensidad mediante cortes abruptos y reentradas explosivas. En vivo, esos silencios breves antes de la embestida generan una tensión que se traduce en mosh pits inmediatos.

“Every Silent Plea”, perteneciente al álbum “Nonagon”, introduce un componente más atmosférico dentro del repertorio. Sin abandonar el death metal técnico, el tema incorpora variaciones rítmicas más complejas y un trabajo de guitarras que juega con armonizaciones disonantes. La batería alterna compases veloces con secciones más pesadas, casi arrastradas, creando un contraste emocional interesante. En el escenario, el vocalista se adueña del espacio durante este corte, enfatizando cada frase con una interpretación visceral que conecta directamente con el público.

Uno de los momentos más celebrados llega con “Itika”, del álbum Imperial Congregation. Este tema combina agresividad con un groove casi marcial en su riff central. La construcción rítmica se apoya en patrones sincopados que permiten a la sección de bajo y batería lucirse con precisión matemática. En directo, “Itika” se convierte en una pieza de equilibrio: no es la más veloz del set, pero sí una de las más contundentes, con un peso específico que se siente físicamente en la sala.

“Vermicular Heritage”, también de “Siltskin”, confirma la evolución compositiva de la banda. Aquí se aprecia una estructura más elaborada, con cambios de tonalidad y un uso inteligente de pausas estratégicas antes de cada explosión sonora. El riff principal, técnico y serpenteante, se convierte en uno de los más coreados por los asistentes habituales. En el escenario, Død demuestra por qué sigue siendo el núcleo creativo del grupo: precisión en cada fraseo, solos breves pero incisivos y una compenetración absoluta con el resto de la formación.

El cierre con “Smite”, del clásico “Altered Genesis”, actúa como puente entre el pasado y el presente. Este tema representa la etapa más cruda y directa de Blood Red Throne: estructuras más tradicionales dentro del death metal, velocidad constante y agresión frontal. En directo, la canción adquiere una nueva dimensión gracias a la experiencia acumulada de la banda. La ejecución es más sólida, más compacta, pero conserva esa esencia salvaje que marcó sus primeros años.

Más allá del repertorio, lo que distingue a Blood Red Throne en esta gira de 2026 es la cohesión escénica. No se trata solo de tocar rápido y fuerte; hay una clara intención de construir un flujo narrativo dentro del concierto. Cada canción está colocada estratégicamente para alternar intensidad y groove, técnica y brutalidad pura. La iluminación, sobria pero efectiva, refuerza la atmósfera oscura sin distraer de lo esencial: la música.

En definitiva, la gira de 2026 demuestra que Blood Red Throne no es simplemente una banda veterana defendiendo su legado. Es un grupo que ha sabido evolucionar técnicamente, pulir su sonido y mantener intacta la agresividad que los definió desde el inicio. Con un setlist que combina piezas recientes como “Beneath The Means” y “Vermicular Heritage” con clásicos como “Smite”, la banda ofrece una experiencia completa que satisface tanto al fan de la vieja escuela como al seguidor más reciente. Si algo deja claro esta etapa en vivo es que la brutalidad, cuando está respaldada por técnica, experiencia y convicción, no envejece: se perfecciona. Blood Red Throne, en 2026, suena más afilado que nunca y a destacar aún más la conexión con el público en todo momento.

Pasada la primera actuación le llegaba el turno a Vader, que vuelve a demostrar por qué es una de las instituciones más sólidas y respetadas del death metal europeo. Fundada en 1983 en Olsztyn, Polonia, la banda liderada por el incombustible Piotr “Peter” Wiwczarek atraviesa su quinta década de actividad con una contundencia que muchas formaciones jóvenes apenas logran rozar. La gira de este año no es un ejercicio de nostalgia, sino una reafirmación de poder: precisión quirúrgica, violencia controlada y una puesta en escena que convierte cada concierto en un auténtico ritual de devastación sonora.

La formación actual refleja equilibrio entre veteranía y energía renovada. Piotr “Peter” Wiwczarek, fundador, vocalista y guitarrista principal, continúa siendo el núcleo creativo y la identidad sonora del grupo. Su voz gutural, áspera y dominante, mantiene intacta esa mezcla de agresión y claridad que caracteriza el estilo de Vader desde los años noventa. En la guitarra rítmica, Marek “Spider” Pająk aporta una solidez imprescindible; su ejecución compacta sostiene los riffs con una contundencia que permite a Peter desplegar solos afilados y melodías sombrías sin perder peso estructural. En el bajo, Tomasz “Hal” Halicki refuerza la arquitectura sonora con líneas graves definidas, especialmente perceptibles en los pasajes más densos. Tras la batería, Michał Andrzejczyk imprime velocidad y precisión milimétrica: sus blast beats son consistentes, limpios y demoledores, sosteniendo tempos extremos sin sacrificar claridad.

El concierto arranca sin preámbulos con “Sothis”, una pieza breve pero fulminante que funciona como detonador inmediato. Su estructura es directa: riff principal cortante, batería acelerada y una ejecución que prioriza impacto sobre ornamentación. En vivo, la canción actúa como un disparo inicial que coloca al público en estado de alerta máxima. Sin transición relajada, enlazan con “Fractal Light”, donde el trabajo rítmico adquiere mayor protagonismo. Aquí se perciben cambios de tempo estratégicos y un juego entre palm mute y ataques abiertos que generan tensión dinámica. Es un ejemplo de cómo Vader combina velocidad con estructura inteligentemente diseñada.“Wings” eleva el pulso colectivo.

Con uno de los riffs más memorables de su repertorio moderno, la canción demuestra la capacidad de la banda para integrar gancho melódico dentro de una base extrema. La batería marca un patrón veloz pero controlado, mientras las guitarras crean un muro de sonido compacto. En directo, este tema adquiere una dimensión casi hipnótica: el público responde con sincronía, atrapado por la repetición insistente del motivo principal.

La parte central del show introduce “Reign Forever World”, una composición que equilibra agresividad y épica. Su estructura escalonada permite generar crescendos que desembocan en secciones de máxima intensidad. La ejecución en 2026 se siente especialmente afilada, con una sincronización impecable entre bajo y batería. “The Book” aporta un contraste relativo: más extensa y con variaciones internas más marcadas, exhibe la faceta más técnica del grupo. Aquí destacan los cambios de dinámica y los matices en la guitarra solista, que dibuja frases sombrías sobre una base rítmica firme. “Cold Demons” devuelve la descarga frontal. Es una pieza corta, rápida y diseñada para el impacto inmediato.

La batería dispara ráfagas constantes mientras los riffs mantienen una linealidad agresiva que no concede respiro. “This Is the War” introduce una atmósfera marcial, con un enfoque rítmico que remite a cadencias bélicas. En vivo, el tema se percibe compacto y directo, reforzado por la potencia vocal de Peter, que articula cada frase con autoridad.

En la recta final, “Lead Us!” emerge como un grito colectivo. Su groove ligeramente más marcado permite una interacción intensa con el público sin perder agresividad. 

A continuación, “Triumph of Death” desata uno de los momentos más celebrados de la noche: riffs descendentes, batería demoledora y un equilibrio perfecto entre técnica y brutalidad. “Dark Age” conecta con las raíces más crudas del grupo; su velocidad y agresividad remiten a los primeros años del death metal europeo, recordando que la esencia de Vader sigue intacta. “Carnal” funciona como una explosión sostenida, con una energía acumulativa que empuja al límite físico tanto a la banda como a la audiencia. Finalmente, “Helleluyah (God is Dead)” cierra el ritual con un aire casi ceremonial, dejando una resonancia oscura que se prolonga más allá del último acorde. 

Más allá del repertorio, lo que define esta gira es la sensación de vigencia. No se trata de una banda que vive del pasado, sino de un colectivo que honra su legado mientras mantiene una ejecución feroz y contemporánea. En 2026, Vader no actúa como reliquia histórica del death metal, sino como entidad viva y dominante. Cada concierto es una confirmación de que la brutalidad puede convivir con la técnica, y que la disciplina musical puede amplificar —y no diluir— la violencia expresiva del género. Para quienes asisten a estos shows, la experiencia no es simplemente auditiva: es física, intensa y profundamente asombrosa. Donde continuamente se preocupan por su público y es ahí donde lo demuestran tanto musicalmente como las muestras de agradecimiento, y hacen que participen en todo momento con la banda.

Y como cabeza de cartel y para cerrar la noche, tenemos a Kataklysm. La noche en la Sala Mon prometía intensidad desde mucho antes de que se apagasen las luces. A medida que la sala se iba llenando, el ambiente se cargaba de esa mezcla de expectación y electricidad que suele acompañar a los grandes conciertos de metal extremo. Cuando finalmente el escenario quedó a oscuras y comenzó a sonar la intro, el rugido del público confirmó que el regreso de Kataklysm a Madrid no iba a ser una noche cualquiera.

La banda canadiense apareció entre luces rojas y humo para arrancar con “Soul Destroyer”, una apertura tan contundente como inmediata. Desde el primer riff quedó claro que el sonido de la banda estaba perfectamente ajustado para la sala: potente, definido y demoledor. En el centro del escenario, el vocalista Maurizio Iacono dominaba la escena con su presencia habitual, alternando growls devastadores con constantes gestos hacia el público para mantener la energía al máximo. Sin apenas pausa enlazaron con “Thy Serpents Tongue”, un tema que permitió apreciar el trabajo de guitarras del veterano Jean‑François Dagenais. Además de ser uno de los pilares creativos del grupo, Dagenais se mostró sólido y preciso durante toda la actuación, manejando riffs pesados y solos afilados mientras se movía con seguridad por el escenario.

El tercer golpe llegó con “Goliath”, uno de los momentos en los que el público empezó a entrar definitivamente en ebullición. El centro de la pista se convirtió en un torbellino de empujones y headbanging mientras las luces acompañaban cada golpe de batería. Desde su kit, James demostró por qué se ha convertido en una pieza clave en la maquinaria rítmica del grupo: rápido, preciso y con una pegada implacable.

Con “Die as a King” la banda elevó aún más el tono épico del concierto. Iacono no dejó de interactuar con los fans, pidiendo que levantaran los puños y corearan el estribillo. La respuesta fue inmediata: la sala entera respondió con un coro masivo que retumbó entre las paredes. El set continuó con “Prevail”, donde el bajo de Stéphane Barbe aportó un peso extra al sonido general. Barbe, muy activo sobre el escenario, no dejó de recorrer su lado de la tarima animando al público mientras sostenía la base rítmica con una solidez constante.

Uno de los momentos más intensos de la primera mitad llegó con “Taking the World by Storm”. El tema convirtió la pista en un auténtico campo de batalla metálico, con varios círculos de pogo formándose espontáneamente mientras la banda descargaba toda su potencia.

La oscuridad sonora de “The Rabbit Hole” aportó un contraste interesante dentro del repertorio. Con una iluminación más fría y atmosférica, la banda mostró su faceta más densa y pesada, construyendo una atmósfera opresiva que funcionó especialmente bien en directo. La intensidad volvió a dispararse con “The Resurrected”, seguida por uno de los clásicos imprescindibles del grupo: “In Shadows & Dust”. En ese momento el concierto alcanzó uno de sus picos emocionales. Muchos de los asistentes corearon cada palabra, demostrando el peso histórico que ese álbum sigue teniendo dentro de la escena.

La segunda mitad del concierto mantuvo el nivel con “As I Slither”, cuyo riff inicial provocó otra explosión colectiva en la sala. La banda sonaba compacta y segura, funcionando como una auténtica máquina perfectamente engranada.

Con “Bringer of Vengeance” y “Crippled & Broken”, Kataklysm reforzó su faceta más agresiva. La batería de Beaudoin marcaba el ritmo frenético mientras Dagenais y Barbe construían un muro sonoro sólido y contundente. El tramo final comenzó con “At the Edge of the World”, un tema que introdujo un momento más épico dentro de la tormenta sonora de la noche. La iluminación y la intensidad del público generaron una atmósfera casi ceremonial.

La agresividad regresó con “Narcissist”, donde el groove del riff principal volvió a encender el movimiento en la pista. El público respondió con una energía inagotable, demostrando que la banda mantiene intacta su conexión con los fans madrileños. Uno de los momentos más coreados llegó con “The Black Sheep”, donde Iacono cedió el micrófono al público durante parte del estribillo, provocando uno de los momentos más participativos de la noche.

Finalmente, el concierto se cerró con “Elevate”, un final explosivo que dejó claro por qué Kataklysm sigue siendo una de las formaciones más sólidas del death metal contemporáneo. Tras el último golpe de batería, la banda se despidió entre aplausos ensordecedores y un público visiblemente satisfecho.

El paso de Kataklysm por la Sala Mon dejó una conclusión clara: más de tres décadas después de su formación, el grupo canadiense sigue funcionando como una maquinaria perfectamente afinada. Potencia, experiencia y una conexión directa con el público que convirtió la noche en una auténtica celebración del metal extremo.

Crónica y fotos: Misfits Salenek

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