viernes, 22 de mayo de 2026

Crónica y fotos: EL DROGAS, sala la Riviera en Madrid (16.05.26)

 

Hay conciertos que se recuerdan por su perfección técnica, otros por la espectacularidad del montaje y algunos por la magnitud del recinto. Y luego existen noches como la vivida en La Riviera de Madrid con El Drogas: conciertos que terminan convirtiéndose en una especie de refugio emocional colectivo, una ceremonia donde varias generaciones se encuentran para cantar las mismas heridas, las mismas rabias y ganas de seguir adelante.

Desde mucho antes de que se apagaran las luces ya se respiraba algo especial en la sala madrileña. La Riviera estaba llena de camisetas negras, viejos parches de Barricada, chaquetas vaqueras gastadas y miradas cómplices entre personas que probablemente llevaban décadas escuchando estas canciones, y aún más chavales que se acercaron con sus padres al concierto, y poder vivir con ellos una pasión y un sentimiento difícil de explicar, y así se podían ver algún que otro niño, y lo que es de admirar, en la primera fila esperando que se apagaran las luces y empezara la “Kaña”, como suele decir el Drogas en los conciertos. 

No era únicamente un público esperando un concierto; era una comunidad preparándose para reencontrarse con parte de su propia vida. Cuando Enrique Villarreal apareció sobre el escenario, con esa mezcla tan característica de cercanía, resistencia y verdad que siempre ha transmitido, el recibimiento fue atronador. No hizo falta ningún artificio. Bastó su presencia para que la sala entera entendiera que estaba a punto de comenzar un viaje larguísimo por la memoria sentimental del rock urbano estatal.

La apertura con “Sean bienvenidos” funcionó casi como una invitación ritual. El título no podía ser más apropiado. El Drogas daba la bienvenida a su universo, a ese territorio donde conviven la calle, la poesía, la derrota, la dignidad y la rabia. Desde el primer acorde quedó claro que la banda venía decidida a sonar enorme, compacta y profundamente emocional.

“Esperando en un billar” llevó inmediatamente a la Riviera al universo del primer Barricada, aquel grupo nacido en la Navarra obrera de principios de los ochenta que convirtió las historias de barrio en himnos generacionales. La canción sonó áspera y viva, conservando intacta esa sensación de humo, madrugada y supervivencia cotidiana. El público respondió como si el tiempo no hubiera pasado. La intensidad emocional siguió creciendo con “Problemas”, una canción que resume perfectamente la filosofía compositiva de Barricada: hablar de la realidad sin adornos, con crudeza, pero también con humanidad. Después llegó “Mientras arde tu país”, uno de los momentos más combativos del concierto.

El concierto avanzaba sin apenas respiro y entonces apareció “Come elefantes”, perteneciente ya a la etapa en solitario del músico navarro. Aquí se pudo apreciar otra de las grandes virtudes de Enrique Villarreal: su capacidad para evolucionar sin perder jamás identidad.

Las canciones posteriores a Barricada son quizá más literarias, más oscuras y reflexivas, pero mantienen intacta esa honestidad brutal que siempre ha caracterizado su manera de escribir. “Nos queda poco tiempo” añadió una capa de melancolía que atravesó toda la sala. La interpretación fue especialmente emotiva, casi íntima, mientras “Salvaje mirar” mostró el lado más poético y narrativo de su repertorio. El Drogas lleva años demostrando que es mucho más que un cantante de rock urbano; es un narrador de derrotas cotidianas, de personajes olvidados y de emociones incómodas, y todo ello acompañado de manera ejemplar y única por Flako, Txus y Nahia Ojeta

Uno de los primeros grandes estallidos de la noche llegó con “Peineta y mantilla”, incluida originalmente en el disco “Balas Blancas”, uno de los trabajos más reivindicativos de Barricada. La canción sonó feroz, desafiante, cargada de ironía y crítica social. La Riviera la cantó de principio a fin, convirtiendo el estribillo en un grito colectivo. Con “Víctima” apareció nuevamente ese universo de personajes rotos tan habitual en las letras de El Drogas. Pocas figuras del rock español han sabido retratar la marginalidad, la soledad y las contradicciones humanas con tanta sensibilidad como él. Cada canción parecía abrir una pequeña historia dentro del concierto.

“Esta es una noche de rock and roll” actuó como declaración de principios. Y lo era. Porque aquella noche no se trataba únicamente de escuchar canciones conocidas; se trataba de reivindicar una forma de entender el rock desde la honestidad y la calle, lejos de cualquier artificio. Uno de los momentos más emocionantes llegó con “Cordones de mimbre”, probablemente una de las canciones más bellas y queridas de toda la trayectoria de Barricada. Incluida en el álbum “Rojo” de 1988, la canción conserva intacta su capacidad para conmover. La interpretación fue sencillamente sobrecogedora. Toda una sala a reventar acompañó a El Drogas mientras la sala parecía suspendida en una mezcla extraña de nostalgia y celebración.

“Puede ser” y “El charco” profundizaron todavía más en ese tono introspectivo. Son canciones donde el músico navarro demuestra una sensibilidad compositiva enorme, alejándose del simple rock directo para construir ambientes emocionales mucho más complejos. La electricidad regresó con fuerza en “Los maestros” y “La estancia”, interpretadas en versiones especialmente contundentes. Ambas piezas pertenecen a la faceta más conceptual y personal de El Drogas y demostraron que su repertorio actual convive perfectamente con los clásicos históricos de Barricada.

Con “Animal caliente” volvió el rock callejero más reconocible. Sonó salvaje, afilada y directa, conectando inmediatamente con “La hora del carnaval”, uno de los grandes himnos del grupo navarro. Fue uno de esos momentos donde el público deja de ser espectador para convertirse directamente en parte del concierto. Y entonces llegó “Empujo pa’ ki”. Pocas canciones representan mejor el espíritu de Barricada: resistencia, orgullo, supervivencia y actitud. El riff inicial provocó una explosión inmediata en toda la sala. La Riviera entera cantó cada palabra con una mezcla de euforia y emoción difícil de describir.

Una sorpresa de la noche apareció con “Aprieta el gatillo”, en la guitarra apareció Goar Cicatriz, acompañando a El Drogas, con esta grandísima canción de Cicatriz, donde devolvió el tono más agresivo y crítico, mientras “Campo amargo” permitió un pequeño respiro emocional antes de uno de los bloques más especiales de toda la actuación, y Goar, les acompañó con este tema tan directo de nuevo. La aparición del Drogas, en primera fila subido a la valla de protección para estar mucho más cerca de la gente en “Tentando a la suerte” y “Lentejuelas” aportó un aire distinto al concierto. Más teatral, más cercano y profundamente humano. Estos momentos sirvieron para recordar que el proyecto actual de El Drogas no vive únicamente de la nostalgia de Barricada, sino que sigue buscando nuevas formas de expresión artística.

La recta final del concierto fue directamente demoledora. “Quién puede verla”, en formato eléctrico, emocionó profundamente a la sala. “Fue 24D, ¿y qué?” volvió a conectar con la memoria histórica y la conciencia social que siempre han atravesado las letras de Enrique Villarreal.

Pero probablemente uno de los instantes más impactantes de toda la noche llegó con “Frío” y esa magnifica versión del grupo Alarma!!! La canción, dura y desgarradora, silenció prácticamente la sala durante varios segundos. Fue uno de esos momentos donde un concierto deja de ser entretenimiento para convertirse en algo mucho más profundo. “Todos mirando”, “Okupación”, “Oveja negra” y “Azulejo frío” prepararon el terreno para el desenlace definitivo. Especialmente emocionante resultó “Oveja negra”, convertida desde hace décadas en un auténtico símbolo para quienes siempre se sintieron fuera de lugar, incómodos o rebeldes. Y continuando con grandes himnos del grupo, de todas las épocas que no podían faltar en este concierto; al igual que “Azulejo frio”, grandísimo éxito de la época de Txarrena, que sirvió como despedida, antes de que llegaran las ultimas canciones de la noche.

Y entonces llegaron los himnos finales. “Barrio conflictivo” desató una auténtica explosión emocional. La Riviera ya cantaba como una sola voz. “Esta noche” aportó ese espíritu festivo y callejero inseparable de Barricada antes de desembocar en dos de las canciones más importantes de la historia del rock urbano español. “No hay tregua” fue sencillamente monumental, ya que la canción por si sola lo es, y si es interpretada en directo aún más. Posiblemente pocas canciones consiguen resumir mejor la filosofía vital de toda una generación. La interpretación fue emocionante hasta el extremo. Ver a cientos de personas cantando cada verso con los puños en alto explicaba perfectamente por qué Barricada sigue ocupando un lugar tan importante en la memoria colectiva. Y para cerrar, “En blanco y negro”, donde de nuevo el hervidero de la sala, era ejemplar y merecía la pena ver desde cualquier punto de una sala a reventar, como se podía disfrutar tanto con una canción y sobre todo con los músicos que la interpretaban. Una despedida perfecta. Elegante, emotiva y cargada de simbolismo. El Drogas dejó el escenario entre una ovación larguísima mientras la sensación general era la de haber vivido algo mucho más importante que un simple concierto.

Porque eso es precisamente lo que ocurre con las canciones de El Drogas y de Barricada: no pertenecen únicamente al pasado. Siguen hablando del presente. Siguen describiendo la calle, las derrotas, la dignidad obrera, la rabia, el paso del tiempo y la necesidad de seguir resistiendo. La Riviera vivió una de esas noches que permanecen mucho tiempo en la memoria. No por nostalgia vacía, sino porque las canciones siguen teniendo verdad. 

Y cuando un artista consigue mantener intacta esa verdad después de tantas décadas, lo que ocurre sobre el escenario deja de ser simplemente música. Se convierte en memoria colectiva, y mucho más aún una humanidad por todo el equipo del Drogas, en todo momento, estando pendiente de los presentes, y más de las primeras filas, donde le daban agua, y se interesaban por ellos para que todo fuera correcto.

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