Villena, fue un lugar increíble durante una nueva edición del Aúpa Lumbreiras!!, donde bajo el pseudónimo de “The Return”, lo hizo con un increíble cartel, en el que no defraudaron con todos los artistas que allí iban a descargar, había ganas de Lumbreiras en las personas que allí se iban acercando, y con una gran organización, a nivel musical, de bandas, de público, traslados a las zonas, camping y parking para los que allí asistían, desde luego fue increíble. Y es por ello que nos esperaban tres días al máximo nivel de nuevo del Aúpa Lumbreiras!!.
Desde antes de entrar al recinto ya se podía sentir que aquella jornada iba a ser diferente. Había algo especial en el ambiente. No era solamente la cantidad de gente. Era la edad de la gente. Los veteranos que llevaban una camiseta de alguna edición antigua caminaban junto a jóvenes que quizá habían nacido cuando el Lumbreiras ya había dejado de celebrarse.
Padres con hijos. Parejas. Cuadrillas de amigos. Gente que llegaba desde lejos. Personas que seguramente habían hecho aquel viaje decenas de veces y otras que pisaban Villena por primera vez. El festival había preparado tres escenarios, dos principales —Boni y Rober— y el histórico Maneras de Vivir. Los nombres de Boni, de Barricada, y Rober, de Porretas, eran además un homenaje de la organización a dos músicos que siguen formando parte de la memoria del rock estatal. Y quizá eso explicaba mejor que cualquier cartel lo que estaba ocurriendo. Aquello era un festival. Pero también era un homenaje. A la música. A las bandas. A los amigos. A los que ya no están. A los que estuvieron. Y a los que acababan de llegar.
Cuando el recinto comenzó a llenarse, uno podía mirar alrededor y pensar que allí había muchas vidas diferentes. Pero bastaban unos minutos para comprender que todos habían ido por lo mismo. Por la música. Por la libertad de estar durante unas horas en un lugar donde nadie tenía que explicar por qué quería gritar.
Y entonces llegó el primer golpe. Deaf Devils. El festival arrancaba en clave valenciana, con ese rock sucio, garajero y directo que parecía especialmente apropiado para inaugurar una jornada que no necesitaba demasiados discursos. La prensa local también situó a Deaf Devils como el comienzo de la descarga del jueves. No hacía falta hacer una gran ceremonia.
El Aúpa Lumbreiras!! no necesitaba explicar que había vuelto. Solo tenía que sonar. Y sonó. “Point”. Primera canción. Primer latido. Primera confirmación de que todo aquello era real. Después llegaron “Tonite Blame”, “Dancing”, “This Is Not” y “Don't Bother”. La tarde comenzaba a romperse. Todavía quedaban muchas horas por delante, pero algo ya había cambiado. Los amplificadores estaban encendidos. La gente estaba dentro.
Las guitarras habían
vuelto a sonar en Villena. Y entonces llegaron “Night”, “Lucifer”, “Too Much” y
“Boom” y con la gran sorpresa de que se bajaron a la zona de los presentes para
poder interpretar el tema con ellos, y compartir totalmente la experiencia
desde la zona de público. Nueve canciones. Nueve golpes sobre la puerta de un
festival que llevaba doce años cerrada. Y cuando terminó Deaf Devils, ya no
había vuelta atrás. El Lumbreiras había comenzado.
Después llegó Gritando en Silencio. Y pocas veces un nombre encaja tan perfectamente con una historia. Porque durante doce años el Lumbreiras había estado, de alguna manera, gritando en silencio. Había gente que seguía hablando de él. Había gente que seguía escuchando las bandas.
Había gente que esperaba. Había gente que ya había asumido que nunca volvería. Y ahora todos estaban delante de un escenario. El silencio había terminado. El repertorio comenzó a desplegarse con “Estaré en el bar”. Y de repente el festival empezó a adquirir esa familiaridad que solo tienen los lugares a los que uno regresa. Llegaron “Mírame desnudo”, “Sácame de aquí”, “¿Dónde te has quedado?” y “Rumbo de colisión”.
Las canciones no eran solamente canciones. Eran pequeñas puertas. Algunas abrían recuerdos de juventud. Otras hablaban de noches de bares. Otras de personas que ya no estaban. Otras simplemente servían para cantar. Y eso era suficiente. Después llegaron “Actitud”, “Entre las piernas” y “Perdedores”. El público empezaba a entregarse. Y entonces apareció “Vértigo”. Qué palabra tan adecuada para un regreso. Porque seguramente había algo de vértigo en mirar alrededor y comprobar que aquello estaba ocurriendo. Doce años después. En el mismo país.
En otra época. Con otras vidas. Pero allí. Otra vez.
El concierto continuó con “A la luz de mi sonrisa”. Y terminó con “Rock and
Roll”. No podía haber un final más apropiado. Porque eso era lo que estaba
sucediendo. Rock and roll. Sin demasiadas explicaciones. Sin excusas. Solo
música.
Después, el festival comenzó a adquirir una dimensión más íntima. Llegó Sínkope. Y con ellos llegó la poesía. Porque también hay espacio para la reflexión dentro de una noche de guitarras. “Esquinas” abrió el camino. Después “No se dijeron ni mu”. Luego “La alegre tristeza”. Qué contradicción tan perfecta para un festival como aquel.
La alegría de estar juntos. La tristeza de recordar a quienes ya no podían estar. La alegría del regreso. La tristeza de saber que doce años son muchos y que durante ese tiempo la vida no se ha detenido. Sínkope siguió con “Por pensar le dio al hombre”, “De vuelta de na” y “El carro de la vida”. Y entonces llegó “Cuando te pones falda”. Después “A merced de las olas”.
Cuando salió Parabellum, la historia del rock estatal parecía plantarse delante del público. No como una pieza de museo. No como un recuerdo. Sino como una banda viva. El repertorio comenzó con “Dime tú”. Y después “Jugar a enseñar”, “Kuerpo a Kuerpo”, “Arráncame el bozal”, “Anoche dije adiós” y “A toda hostia”.
La tarde ya había empezado a transformarse en noche. Y Parabellum seguía apretando. “Esta noche acabaré con ella”, “Nos engañan”, “Canción de amor”, “El grito del hambre”, “Imaginas”, “Las paredes”, “La locura”, “Mira ke no lo ves?”, “No hay opción”, “Bronka en el bar”, “La vela se apaga”, “Un día en Texas” y “Envenenado” donde con invitados, era la mejor manera de acabar una increíble actuación.
Era imposible no pensar en el
tiempo. En las décadas. En todo lo que había ocurrido desde que muchas de
aquellas canciones comenzaron a formar parte de la vida de quienes estaban
allí. Y sin embargo, en aquel instante, no parecían canciones antiguas. Seguían
teniendo filo. Seguían teniendo vida. Seguían teniendo algo que decir. Eso es
lo que diferencia una canción histórica de una canción vieja. La vieja
pertenece al pasado. La histórica sigue hablando al presente.
Y llegó Reincidentes. Aquí la emoción ya no podía esconderse. Porque Reincidentes no era un grupo más dentro del cartel. Era parte de la familia. Y además estaba el vínculo con Villena: Javi Chispes, músico de la ciudad y miembro de Reincidentes, hacía que su presencia tuviera todavía una dimensión más cercana para el público local.
Había algo hermoso en eso. Una banda que forma parte de la historia de miles de personas. Un músico que pertenece a aquella tierra, donde nos ofrecieron “Rip-rap”, “Grana y oro”, “Una noche”, “Tiempo de avanzar”, “Anticristo”, “No somos nada”, “Rebelión”, “Los hijos de la calle”, “La historia se repite”, “Yaveh se esconde entre las rejas”, “Mercenarios”.
Y un festival que regresaba después de doce años. Era imposible no sentir que todas las piezas estaban encajando. Durante el concierto, el público cantaba como quien no quiere dejar escapar algo que ha esperado demasiado tiempo, continuando con “Huracan”, “ay dolores”, “Eres libre”, “La republicana”, “Andalucía libre”, “Vicio”, “Cucaracha blanca”, “Jartos de aguantar”. Y quizá eso era lo que estaba sucediendo. No queríamos dejar escapar aquella noche.Después llegó Ebri Knight. Y la música volvió a cambiar de color. “Cridarem”. “Carnaval”. “Foc”. “Guerrilla”. “Per tu”. “Pueblo unido”. “Conte”. “Himne brigades”. “Frente unido”. “Campesino”. Después, “Mix tradi”, “La voz dormida”, “Supervivencia”, “Vientos”, “Emof” y “Viurem lliures”.
Y durante un rato el festival recordó que la resistencia también puede ser alegría. Que las raíces pueden convertirse en baile. Que las canciones reivindicativas no tienen por qué renunciar a la fiesta. La gente saltaba. Cantaba. Se movía. Y el mensaje viajaba de persona en persona.
Era otra de las grandes
virtudes de aquel cartel. No había una sola forma de rebelarse. Había muchas
ganas de rebeldía, y en esta actuación llegaron de la mejor manera posible.
Y entonces llegó el momento que muchos habían esperado desde que se anuncio el cartel del Aupa. Soziedad Alkoholika. El festival ya estaba completamente metido en la noche. Las luces habían sustituido al sol. El cansancio comenzaba a aparecer. Pero cuando Soziedad Alkoholika subió al escenario, el cansancio desapareció. Y es que cuando los de Gasteiz subieron al escenario del Aúpa Lumbreiras, se palpaba una ilusión acumulada en este festival, y con esta actuación llegó ese momento tan esperado por muchos.
El concierto comenzó con “Alienado”. Después llegaron “Falsos dioses”, “Control de masas”, “Tiempos oscuros”, “Infiltrados” y “Niebla de guerra”. La noche ya era completamente suya. “Política del miedo”. “Colapso final”. “Palomas y buitres”. “La aventura del saber”. “Ciencia asesina”. “Ratas”. “Shaktale”. No había descanso. Ni lo necesitábamos. Después: “Buenos momentos”, “Piedra contra tijera”, “Peces mutantes”, “No kiero participar” y “Cuando nada vale nada”.
Entonces la sensación era ya difícil de describir. Había gente que llevaba doce años esperando aquello. Había gente que probablemente había escuchado esas canciones cientos de veces. Pero ninguna de aquellas veces había sido exactamente aquella. Porque esta vez estaban sonando en el regreso. En Villena. En el Lumbreiras. En 2026. Después llegaron “Pauso bat”, “Motxalo” y “Nos vimos en Berlín”.
Cuando terminó la descarga, quedaba una certeza. La de haber
asistido a uno de esos conciertos que se convierten en una fotografía mental.
Uno de esos momentos que dentro de diez años alguien contará diciendo: “Yo
estuve allí.”, y Soziedad Alkoholika, fue como siempre la apisonadora de fuego
que no defrauda en ningún concierto.
Pero todavía quedaba El Último Ke Zierre. Y aquella banda parecía tener una misión muy sencilla: llevar al público hasta el límite. “Amor obrero”. “Alteró mi cuerpo”. “Confinado”. “Hasta que pierda la voz”. La canción y la realidad empezaban a confundirse. Porque las voces estaban realmente perdiéndose. Después llegaron “Insurgente”, “Vuelta al infierno”, “Veneno”, “Mi revolución”, “Caza de brujas”, “Efímero” y “A cara de perro”.
Cada canción parecía arrancar un poco más de energía. Pero nadie quería guardársela. La noche continuaba. “Escupiré jodidos”, “Vacunado contra la rabia”, “Soldadito español”, “¿A dónde vas?”, “Tus bragas, mis calzones”, “Juan de Dios” y “Cedo a la provocación”.
Y finalmente: “La lluvia y el sol”. Qué manera de cerrar.
Después de una jornada de rabia, memoria, alegría y reencuentro, aparecía esa
imagen. La lluvia. El sol. La vida. Las cosas que vienen y van. Los días malos.
Los días buenos. Los años que pasan. Y las canciones que permanecen, al igual
que la actuación de El ultimo ke zierre, en el Lumbreiras.
Pero el Lumbreiras no podía mirar solamente hacia atrás. Por eso estaba Sons of Aguirre & Scila. Porque un festival que regresa después de doce años tiene que hacerse una pregunta: ¿Qué será de nosotros dentro de otros doce? La respuesta estaba en las bandas nuevas. En quienes han recogido el testigo. En quienes han crecido escuchando a las bandas que ahora comparten cartel con ellos. Y ahí estaba el sentido de su presencia.
El Aúpa Lumbreiras!! de 2026 no era una reconstrucción arqueológica. Era una conversación
entre generaciones. Los que abrieron el camino. Los que lo recorrieron. Y los
que ahora empiezan a caminar por él. Y con este grupo de Alicante, creados
sobre el 2017, y con un atrayente rap metal, hicieron que los presentes
disfrutaran de los temas interpretados esa noche, la cual iba llegando casi a
su fin, después de una increíble jornada y arranque de festival.
Y entonces llegó Pedrá. Un tributo a Extremoduro. Y
quizá nunca una palabra como “tributo” había tenido tanto significado. Porque
Extremoduro no es solamente una banda. Para mucha gente es una época. Un lugar.
Una persona. Una edad. Una habitación. Una carretera. Un verano. Una noche. Una
historia de amor. Un amigo. Una pérdida. Un recuerdo. Por eso las canciones de
Extremoduro tienen esa capacidad de hacer que miles de personas miren al mismo
escenario y, al mismo tiempo, estén viviendo recuerdos completamente
diferentes. Pedrá no podía devolver el tiempo. Pero sí podía abrir la puerta. Y
durante aquel concierto, la puerta se abrió.
Y mientras todo esto ocurría, en otro punto del recinto
había otra historia. La del escenario Maneras de Vivir. Ese nombre no era
casual. La organización recuperaba así una denominación clásica y, junto a Boni
y Rober, construía una pequeña declaración de principios. Porque eso era
precisamente lo que había en Villena. Maneras de vivir. Distintas. Todas
válidas. Todas unidas por la música.
Trastienda RC formaba parte de esa columna vertebral que
sostiene un festival. Las bandas que tocan. Que viajan. Que montan. Que
desmontan. Que se dejan la garganta. Que quizá no salen en todos los titulares,
pero que hacen posible que el público descubra algo nuevo. Porque un festival
no es solamente lo que ya conocemos. También es aquello que descubrimos.
Después estaba Laura DSK. Otra prueba de que el regreso
del Lumbreiras no pretendía vivir únicamente de la nostalgia. El pasado estaba
presente. Pero el futuro también. Y eso era imprescindible. Porque si un
festival solamente mira atrás, termina convirtiéndose en un recuerdo. El
Lumbreiras quería volver a ser una realidad.
Y aquí llegó uno de los momentos más especiales y, probablemente, más entrañables de la jornada. The Toy Dolls llegaban desde Reino Unido, pero un accidente de última hora había dejado a la formación sin bajista. Cualquier otra banda podría haber cancelado. Ellos no. Salieron adelante con una actuación acústica en Maneras de Vivir. Y ocurrió algo maravilloso.
Aquello que podía haber sido una decepción acabó convirtiéndose en
una de las historias del día. La prensa local lo describió como una actuación que,
pese a ser acústica y aparentemente “descafeinada”, terminó siendo uno de los
grandes shows de la jornada por la implicación, las ganas y la actitud de la
banda. Y eso resume perfectamente lo que significa un festival. No todo sale
como estaba previsto. A veces se rompe algo. A veces falta alguien. A veces hay
que cambiar los planes. Pero mientras haya músicos con ganas de tocar y público
dispuesto a escuchar, la música encuentra un camino. The Toy Dolls encontraron el
suyo. Y el público respondió, con The
Two Dolls.
Bihotza seguía alimentando ese espacio de
descubrimiento. Su presencia era importante porque recordaba algo que puede
perderse fácilmente cuando hablamos de festivales históricos: que el rock no
vive únicamente de su pasado. Hay gente componiendo ahora. Hay bandas ensayando
ahora. Hay personas comprando su primera guitarra ahora. Hay jóvenes que están
descubriendo lo que significa subir a un escenario ahora. El Aúpa Lumbreiras!! necesitaba esas voces.
Y después llegó Rat-Zinger. Punk sin maquillaje.
Actitud. Guitarras. Rabia. Una banda que parece diseñada para un festival en el
que nadie quiere comportarse demasiado bien. A esas alturas, la noche ya había
entrado en otra dimensión. La gente llevaba horas allí. Pero seguía quedando
energía. Porque la energía de un festival no siempre sale del cuerpo. A veces
sale de la memoria. Y aquella noche había memoria de sobra.
Desastre aportaba ese rock de carretera que forma parte
de la columna vertebral de la música estatal. Bandas que llevan años
demostrando que no hace falta estar permanentemente bajo los focos para
construir una historia. La carretera también es historia. Los bares también.
Las salas pequeñas. Los festivales. Los kilómetros. Las furgonetas. Las noches
de regreso a casa. Todo eso también forma parte del Lumbreiras.
Ktulu tenía además una historia particular que contar.
La banda celebraba tres décadas de Confrontación. Treinta años. Mientras el
festival celebraba su propio regreso. Era difícil no verlo como una metáfora.
Treinta años de canciones. Doce años de espera. Una sola noche. Y otra vez los
amplificadores encendidos. La música tiene esa capacidad. Puede atravesar
décadas sin pedir permiso.
Y finalmente, The Birras Terror. La noche estaba
agotada. Nosotros también. Pero nadie quería terminar. Porque terminar
significaba reconocer que aquel primer día se había acabado. Y reconocerlo
dolía. Después de doce años esperando, unas horas parecían demasiado pocas.
Queríamos más. Otra canción. Otro concierto. Otra cerveza. Otro abrazo. Otra
noche. Otro “nos vemos mañana”.
Cuando finalmente comenzó a desaparecer el ruido, cuando
los escenarios fueron apagando sus luces y la gente empezó a caminar lentamente
hacia la salida, ocurrió algo extraño. Durante unas horas habíamos dejado de
pensar en los doce años. Habíamos vivido. Simplemente. Habíamos cantado.
Habíamos saltado. Habíamos sudado. Habíamos recordado. Habíamos conocido gente.
Habíamos encontrado a viejos amigos. Habíamos perdido la noción del tiempo. Y
ahora, caminando de madrugada por Villena, comprendíamos lo que acababa de
suceder. El Aúpa Lumbreiras había vuelto. No como una reproducción del pasado.
No como una fotografía. No como un recuerdo. Había vuelto como algo vivo. Y
quizá esa sea la diferencia entre recordar un festival y volver a tenerlo.
Pero había otra parte de aquella noche. Una parte silenciosa. La de quienes no estaban. Porque doce años son demasiado tiempo. Algunas personas que estuvieron en los antiguos Lumbreiras ya no podían estar en este. Algunas murieron. Otras enfermaron. Otras se alejaron. Otras simplemente tomaron otro camino. Y por eso los nombres de los escenarios tenían un peso especial. Boni. Rober. Maneras de Vivir. La propia organización explicó que los dos primeros nombres rendían homenaje a Boni, de Barricada, y Rober, de Porretas, músicos que permanecen en la memoria del rock aunque ya no estén. Aquella noche sus nombres estaban iluminados.
Y quizá hubo personas que, al verlos, pensaron en alguien. Un amigo. Un hermano. Un padre. Una pareja. Alguien que habría querido estar allí. Y entonces una canción podía convertirse en un brindis. Un estribillo, en un abrazo. Un escenario, en un homenaje. Eso también fue el Aúpa Lumbreiras!!. No terminan. Solo esperan el momento adecuado para continuar. Y la historia del Aúpa Lumbreiras acababa de empezar de nuevo.
Aúpa. Siempre Aúpa. Y esta vez, más fuerte que nunca…. Y esto solo acababa
de empezar, porque aun quedaban dos jornadas de infarto, tanto igual que la
primera jornada de hoy, que desde luego
fue BRUTALLLLL.
Crónica y fotos: Misfits Salenek

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