El segundo día del Aúpa Lumbreiras!! amanecía con esa sensación tan difícil de explicar que tienen los festivales cuando, después de una primera jornada, ya no estás simplemente asistiendo a conciertos, sino que empiezas a formar parte de algo mucho más grande.
El cansancio se mezcla con las ganas, la voz empieza a pedir
tregua, pero todavía quedan demasiadas canciones por cantar, y las camisetas
sudadas del día anterior se convierten casi en una segunda piel. El viernes 14
de agosto era, probablemente, el día más reconocible para todos aquellos que
entienden el punk y el rock estatal como una forma de vida.
Evaristo, El Drogas, Narco, Talco, Porretas, Josetxu
Piperrak, Envidia Kotxina, Kaos Etíliko, Manifa y Manolo Kabezabolo encabezaban
una jornada en la que la reivindicación, la rabia, la memoria y la fiesta iban
a caminar juntas desde primera hora hasta que el cuerpo dijera basta
Y si algo tenía este segundo día era precisamente esa
capacidad de hacer que varias generaciones coincidieran en el mismo recinto.
Había quienes habían crecido con La Polla, Barricada, Porretas o Piperrak y
quienes habían descubierto años después aquellas canciones gracias a discos
compartidos, camisetas, bares, amigos y conciertos. Había gente que llegaba con
la nostalgia de recuperar un festival que durante años había formado parte de
sus veranos y gente que lo vivía como algo nuevo. El propio ambiente del
viernes reflejaba eso: camisetas históricas, abrazos, grupos de amigos
reencontrándose y una pista convertida en una sucesión interminable de pogos.
La jornada tenía además dos caras que convivían constantemente. En el escenario principal estaba la historia más reconocible del punk y el rock combativo estatal, mientras que el Maneras de Vivir mantenía viva la esencia más pequeña, cercana y de barrio con nombres como Arpaviejas, Periferia, Distorsión, Iratxo, Loncha Velasco, Malos Vicios, Maldito Matas y Groggy Rude. Era imposible estar en todos los sitios, pero precisamente esa imposibilidad formaba parte de la experiencia: elegir, correr de un escenario a otro, perderse una canción para llegar a otra, encontrarse con un amigo en mitad del camino y terminar cantando juntos un tema que ninguno de los dos esperaba escuchar allí.
Y entonces aparecía Kaos Etíliko, una de esas bandas capaces
de convertir una canción en una historia compartida. El concierto tenía ese
punto de suciedad, calle y emoción que siempre ha acompañado a sus canciones.
Sonaban “Anarka”, “Por supuesto”, “Paloman”, “Vivir la vida” y “Quise verte”, y
con ellas llegaba esa mezcla tan característica entre la mala leche y la
vulnerabilidad. “Dejad que vuele”, “Mi mejor colega” y “Vuelo” parecían hechas
para ser cantadas con el brazo en alto, mientras “Hoy es mi día”, “Guerra”, “La
gran chingada” y “Mil historias” llevaban el concierto hacia terrenos más
incendiarios.
Cuando aparecían “Imposible”, “Ansiedad”, “Su falso
mundo”, “Hablar por hablar” y “¿De qué vas?”, quedaba claro que detrás de
aquella apariencia de fiesta siempre había historias de derrota, amistad, rabia
y supervivencia. Kaos Etíliko no necesitaba grandes artificios: bastaba con que
empezara una canción para que muchas personas recordaran dónde estaban cuando
la escucharon por primera vez.
Después llegaba Manolo Kabezabolo, una figura imposible de
separar de la historia más irreverente y auténtica del punk estatal. Su
presencia tenía algo de reunión familiar, de volver a encontrarse con alguien
que lleva toda la vida diciendo las cosas a su manera. Frente a un festival
repleto de grandes nombres, Manolo seguía teniendo esa capacidad de recordarnos
que el punk también puede nacer de lo más sencillo: una guitarra, unas letras
sin filtros y la necesidad de decir lo que uno lleva dentro, aunque nadie haya
pedido permiso.
Su actuación funcionaba como puente entre generaciones,
entre quienes conocían cada canción de memoria y quienes habían llegado hasta
él por curiosidad. En un festival construido alrededor de la memoria, Manolo no
era simplemente un nombre del cartel: era parte de esa memoria.
Y de ahí se pasaba a Envidia Kotxina, donde la nostalgia dejaba paso inmediatamente a la urgencia. “Mi compañera locura” abría una puerta hacia ese universo de canciones que parecen escritas para ser gritadas entre desconocidos que, durante unos minutos, dejan de serlo. “...Con y contra quien”, “Malos pensamientos”, “Campos de exterminio” y “Mascando alambre” endurecían el ambiente, mientras “El odio” y “Por qué” recordaban que el punk puede ser también una manera de enfrentarse a aquello que os incomoda.
“Maldita mi suerte”, “Por lo visto” y “Fantasmas” llevaban el concierto hacia ese territorio donde las letras dejan de ser simples canciones y se convierten en fotografías de determinadas épocas de nuestra vida. Y entonces llegaban “Mala patada”, “A ras del suelo”, “Acaba ya”, “1000 lapiceros”, “Día tras día”, “Daños”, “Deskiciado” y “Alicia”.
Canciones de rabia, de desgaste y de resistencia. Canciones para cantar con los dientes apretados y terminar afónico. Envidia Kotxina demostraba así por qué sigue siendo una referencia para quien entiende el punk no solamente como música, sino como una forma de expresar aquello que muchas veces no sabemos decir de otra manera.
Y entonces llegaban los Porretas, y con ellos cambiaba el
gesto de la gente. Porque pocas cosas representan mejor el rock de barrio que
una banda que lleva décadas convirtiendo lo cotidiano en himnos.
“35 tacos”, “Joder qué cruz” y “Si lo sé me meo” hacían que el público entrara inmediatamente en ese terreno donde la ironía, la cerveza, los amigos y las historias de todos los días forman parte de la misma canción. “Si nos dejáis”, “Si los curas comieran” y “Si bebes no conduzcas” seguían alimentando una fiesta que tenía mucho de cachondeo, pero también mucho de identidad.
Y cuando aparecían “El abuelo fue picaor”, “Tripis”, “Última
generación”, “Y aún arde Madrid”, “La del fútbol”, “Jodido futuro”, “Marihuana”
y finalmente “Porretas”, aquello ya no parecía un simple concierto: era una reunión
de amigos gigantesca.
Los Porretas representan esa capacidad tan nuestra de convertir los problemas en canciones, las desgracias en bromas y los recuerdos en himnos que sobreviven al paso de los años. El rock urbano, cuando funciona, no necesita disfrazarse de grandeza.
Solamente necesita sonar verdadero y más
verdadero fue cuando Bode, dedico unas palabras muy emotivas a la memoria de
Robe y la de Boni del otro escenario, siendo Robe, compañero de Porretas, ya
que aparte que tocaban en el escenario que llevaba su nombre, el recuerdo aún
está latente dentro de los miembros del grupo, y de todos los seguidores de
Porretas, y por supuesto de rock de los de Hortaleza.
Después llegaba Talco y el festival cambiaba de temperatura.
El escenario se transformaba en una pista de baile punk. La energía italiana de
la banda encontraba en Villena un público dispuesto a dejarse la piel. “Odore”,
“Bomaye”, “Battagghi”, “Tarantella” y “Dalla pallida” abrían la puerta a ese
sonido que mezcla ska, punk, folk y tradición popular hasta convertirlo todo en
una celebración colectiva. “Danza” parecía escrita para aquel momento concreto:
cientos de personas saltando, empujándose, abrazándose y volviendo a
levantarse.
“Roda”, “Bella ciao” y “A la patchanka” hacían todavía más
evidente esa capacidad de Talco para convertir una reivindicación en una fiesta
sin quitarle ni un gramo de contenido. “Il tempo”, “Testamento”, “Era del
contrario” y “Garage jukebox” mantenían el pulso arriba, mientras “Tortuga”,
“Muro” y “La torre” cerraban una actuación en la que resultaba imposible
quedarse quieto. Talco no solo dio un concierto: convirtió durante un rato el
recinto en una enorme plaza popular donde todo el mundo parecía conocer el
mismo idioma.
Pero si había una actuación capaz de detener el tiempo, esa
era la de Evaristo. Cuando apareció sobre el escenario no aparecía solamente un
cantante. Aparecía una parte fundamental de la historia del punk estatal. La
jornada del viernes había sido construida, en buena medida, alrededor de
nombres que habían conseguido que varias generaciones entendieran que una
canción también podía ser una bofetada, una denuncia o una forma de decir que
no. Y Evaristo representaba todo eso. El público sabía que no estaba allí
simplemente para escuchar canciones: estaba allí para reencontrarse con una
parte de su propia historia.
“Salve”, “Nicaragua”, “Come libertad”, “Nuestra juventud” y
“Esclavos” golpeaban desde el principio. Después llegaban “Otra pa' la
policía”, “Poesía”, “A tu lado” y “Santa Águeda”, mezclando ironía, crítica y
memoria. “Un rayo el mejor”, “Estrella del rock”, “Así es la vida” y “Nº 1 en
USA” mantenían esa sensación de estar asistiendo a algo que trascendía el
concierto. Y entonces llegaba uno de esos momentos que explican por qué
determinadas canciones no envejecen: “Así kaska la baska”, “Lucky man for you”,
“Leña 55” y “Mucha muerte” devolvían al público a otra época sin que pareciera
que el tiempo hubiera pasado.
La parte más política y contundente del repertorio entraba
después con “Tu enérgica repulsa”, “Come mierda”, “Igual para todos”, “Todo por
la patria”, “La última patada” y “Solución final”. Cada palabra parecía caer
sobre un público que ya no necesitaba que nadie le explicara de qué hablaban
aquellas canciones. Eran himnos reconocibles, canciones que habían acompañado a
gente durante años y que ahora podían escucharse a miles de kilómetros
emocionales de donde nacieron, pero seguían eniendo la misma fuerza. “Los 7
enanitos”, “Toda la puta vida igual”, “Welcome to the refugees”,
“Delincuencia”, “Que turututu”, “Esclavos del siglo XXI” y “Ellos dicen mierda”
terminaban de convertir el concierto en una descarga colectiva. Evaristo no necesitaba
demostrar nada. Su legado estaba allí, delante del escenario, en todas las
voces que cantaban sus canciones. El viernes, durante unos minutos, pasado y
presente se daban la mano.
Y si Evaristo representaba una parte de la memoria del punk,
El Drogas representaba otra de las grandes arterias del rock estatal. Su
presencia en este segundo día era uno de los grandes acontecimientos de la
jornada.
El público que había crecido con Barricada se encontraba de
repente frente a una voz que había acompañado décadas de noches, carreteras,
bares, pérdidas, amores, luchas y derrotas. El Drogas tiene algo especial en
directo: no parece interpretar las canciones, parece vivir dentro de ellas.
Su voz rasgada lleva consigo el peso de los años, pero
también la sensación de que cada palabra todavía importa. Su repertorio conecta
rock, poesía y rabia, una combinación que ha convertido su trayectoria en una
de las más respetadas del rock estatal.
Y si mencionamos antes las palabras de Porretas a los
artistas fallecidos, le llegaba el turno a él Drogas, donde estaban tocando en
el escenario de Boni, y por supuesto el recuerdo para Robe, y como no, para
Boni, dentro de lo más emotivo que pudo ser. Continuando con la gran
demostración en directo que nos puede presentar el Drogas.
Después de El Drogas aparecía Narco para recordarnos que el
festival también tenía dientes. La banda sevillana no necesitó demasiados
minutos para dejar claro que había venido a jugar en casa. Desde los primeros
compases, el recinto se convirtió en una masa en movimiento: saltos, empujones,
brazos en alto y un público entregado que respondió a cada golpe de batería y a
cada descarga de guitarras. Narco construyó su actuación desde la contundencia.
Su mezcla de rap, metal, punk y electrónica volvió a
demostrar por qué su propuesta encaja de manera tan natural en un festival como
el Lumbreiras. No hay demasiados espacios para la complacencia en un concierto
de la banda: todo sucede con tensión, velocidad y una actitud desafiante que
convierte el escenario en una prolongación de la calle.
Y si algo define a Narco en directo es precisamente esa
capacidad para transformar sus canciones en una experiencia colectiva. Las
letras son coreadas por cientos de gargantas mientras la banda mantiene una
maquinaria sonora que apenas concede tregua. El público del Aúpa, veterano en
buena parte y curtido en mil batallas de festivales, respondió como se
esperaba: dejándose llevar por la descarga y convirtiendo la pista en uno de
los grandes hervideros de la jornada.
El concierto también sirvió para comprobar que el regreso
del Lumbreiras no se sustenta únicamente en la nostalgia. Narco representa
perfectamente esa continuidad entre el festival que desapareció hace doce años
y el que ahora vuelve a ocupar el Polideportivo Municipal de Villena. La banda
pertenece a una generación que ha recorrido durante décadas los escenarios del
rock estatal y que mantiene intacta su capacidad para provocar reacción.
Josetxu Piperrak & The Riber Rock Band aparecían después
como otra conexión directa con esa historia del punk que se niega a
desaparecer. Piperrak pertenece a ese grupo de bandas cuyas canciones han
conseguido sobrevivir porque hablan desde un lugar reconocible, desde la calle
y desde una realidad que no necesita grandes decorados.
El público respondía con esa mezcla de respeto y emoción que
aparece cuando una banda forma parte de la banda sonora de tu vida. Había
canciones que podían haber pasado veinte años sin sonar en un escenario y, sin
embargo, bastaban los primeros acordes para que alguien a tu lado supiera
exactamente qué venía después.
Y cuando parecía que el cuerpo ya no podía más, aparecía
Manifa. Otra dosis de punk de barrio, de letras directas y de esa sensación de
estar compartiendo algo con gente que entiende las mismas frustraciones. En un
festival tan cargado de nombres históricos, Manifa recordaba que la historia
continúa escribiéndose. Que el punk no pertenece solamente al pasado y que
todavía existen bandas capaces de coger la guitarra, enchufarla y convertir el
cabreo cotidiano en una canción.
El público del Maneras de Vivir encontraba allí otro espacio
de identificación, otra oportunidad para saltar, cantar y olvidarse durante
unos minutos de todo lo demás.
El segundo día del Aúpa Lumbreiras fue, en ese sentido, una
celebración de la memoria, pero no una memoria triste ni encerrada en el
pasado. Fue una memoria viva. Una memoria que saltaba, gritaba, bailaba y hacía
pogo. Una memoria que tenía la voz rota y las zapatillas llenas de polvo. Una
memoria que se encontraba en “Vivir la vida”, en “Mi mejor colega”, en “Bella
ciao”, en “Marihuana”, en “Lucky man for you”, en “Esclavos del siglo XXI” o en
cualquiera de esas canciones que, cuando empiezan a sonar, dejan de pertenecer
únicamente al grupo que las escribió y pasan a pertenecer también a quienes las
han vivido.
Al final, cuando las luces comenzaron a apagarse y el ruido
del escenario fue sustituyéndose poco a poco por el murmullo del recinto,
quedaba esa sensación de haber vivido algo que no se puede explicar solamente
con nombres y canciones.
El Aúpa Lumbreiras había conseguido reunir en Villena a
distintas generaciones bajo las mismas banderas, las mismas guitarras y las
mismas ganas de seguir cantando. Y quizá esa sea la verdadera grandeza de una
jornada así: comprobar que, aunque hayan pasado los años, aunque hayan cambiado
las vidas y aunque algunas heridas sigan abiertas, todavía existen canciones
capaces de juntar a miles de personas en el mismo sitio y hacerles gritar al
mismo tiempo. El viernes terminó, pero la voz del festival todavía seguía
flotando en el aire. Porque hay conciertos que terminan cuando se apagan los
amplificadores, y hay otros que se quedan contigo durante mucho tiempo. Este
segundo día fue de los segundos.
En la segunda jornada del Aúpa Lumbreiras!!, mientras los
escenarios principales concentraban buena parte de la atención con algunos de
los nombres históricos del punk y el rock estatal, el escenario Maneras de
Vivir desarrollaba su propia historia. Allí se encontraba una de las partes más
auténticas y cercanas del festival, un espacio donde las guitarras, las letras
directas y la actitud reivindicativa adquirían una dimensión especialmente
próxima al público.
La jornada del viernes fue recorriendo, en este escenario y
en este orden, las actuaciones de Groggy Rude, Malos Vicios, Distorsión,
Periferia, Maldito Matas, Iratxo, Arpaviejas y Loncha Velasco.
Ocho propuestas diferentes que compartieron escenario y que
contribuyeron a mantener durante todo el día ese espíritu de calle que forma
parte de la identidad del Aúpa Lumbreiras. Mientras en los escenarios
principales se sucedían los grandes nombres, aquí se podía vivir otra cara del
festival, más próxima, más espontánea y con esa sensación de estar descubriendo
o reencontrando bandas a pocos metros de distancia.
Los primeros en ponerse al frente del Maneras de Vivir
fueron Groggy Rude, grupo de punk rock de Tarragona, donde este año han sacado
un nuevo álbum de estudio titulado “Res a perdre”. Abrir un escenario dentro de
un festival de estas características siempre supone enfrentarse a un público
que todavía está entrando en dinámica. Algunos llegan al recinto, otros buscan
a sus amigos y muchos empiezan a organizar mentalmente todo lo que queda por
delante. Groggy Rude tuvieron la responsabilidad de poner las primeras notas y
consiguieron convertir ese comienzo progresivo en una auténtica puesta en
marcha. Su presencia sirvió para activar el escenario y recordar desde el
primer momento que allí también había mucho que escuchar. El grupo afrontó la
actuación con decisión, dejando sobre las tablas una propuesta directa y
cargada de actitud.
El testigo pasó posteriormente a Malos Vicios, una formación
que encajaba de manera natural dentro del espíritu de este escenario. Su
actuación fue ganando terreno poco a poco, a medida que más gente se acercaba y
el recinto adquiría el ambiente propio de una jornada grande. Su punk-rock,
construido desde la sencillez y la contundencia, encontró una respuesta cada
vez más participativa. No hacía falta ningún despliegue espectacular para
generar conexión: las canciones y la actitud eran suficientes para establecer
ese diálogo permanente entre quienes estaban sobre el escenario y quienes se
encontraban frente a ellos.
Con Distorsión, punk rock desde Barakaldo, llegó un nuevo
capítulo de la jornada. Su propuesta reforzó la vertiente más reivindicativa
del Maneras de Vivir, un escenario especialmente apropiado para grupos que
utilizan el punk como vehículo para expresar inquietudes, denunciar realidades
y contar historias nacidas de la propia calle. La banda salió a escena con
energía y el ambiente comenzó a endurecerse. Los primeros movimientos entre el
público fueron transformándose en saltos, coros y pogos, demostrando que el
escenario iba creciendo a medida que avanzaba la tarde.
La siguiente parada fue Periferia, que mantuvo la intensidad
y aportó una nueva personalidad al cartel. Su actuación se produjo en un
momento en el que el festival ya comenzaba a estar completamente metido en
faena. El público se repartía entre los diferentes escenarios, pero el Maneras
de Vivir seguía reuniendo a quienes buscaban conciertos más cercanos y
propuestas alejadas de los focos principales. Periferia aprovecharon ese
contexto para crear una actuación en la que la comunicación con el público tuvo
un papel esencial. Allí no había una gran distancia entre el escenario y la
pista: había una comunidad compartiendo música durante unos minutos.
Después fue el turno de Maldito Matas otro grupo a tener en
cuenta desde Ciudad Real, que recogieron el ambiente que habían dejado sus
predecesores y lo llevaron un paso más allá. A esas alturas, la jornada ya
había tomado velocidad y cada vez resultaba más evidente que el Maneras de
Vivir no funcionaba como un escenario secundario al que acudir solamente cuando
no había nada interesante en los principales. Tenía identidad propia. Maldito
Matas aportaron una actuación de carácter inmediato, con esa energía que
caracteriza a las bandas que entienden el directo como un intercambio constante
con la gente que tienen delante. El público respondió y el escenario continuó
aumentando su temperatura.
Uno de los nombres que aportó una dimensión diferente a la
jornada fue Iratxo. Su propuesta permitía respirar entre tanta descarga
eléctrica sin abandonar el carácter reivindicativo que impregnaba el festival.
Iratxo se mueve en un territorio donde conviven rock, canción y mensaje, y esa
personalidad hizo que su actuación destacara dentro de una programación tan
marcada por el punk. Su paso por Villena tenía además un componente especial,
ya que su presencia se había dejado sentir también fuera del recinto. De esta
manera, su actuación en el Maneras de Vivir se integraba perfectamente en una
jornada que buscaba conectar el festival con la ciudad y con su público.
Cuando llegó Arpaviejas, el ambiente volvía a adquirir una
marcada tonalidad punk. La banda catalana aportó una actuación de espíritu
callejero, directa y sin concesiones, en perfecta sintonía con el carácter que
había ido adquiriendo el escenario a lo largo del día. A esas horas, el público
ya estaba completamente entregado y la pista respondía con la intensidad que
exige este tipo de conciertos. Guitarras, sudor, empujones, voces desde las
primeras filas y brazos levantados componían una imagen que resumía a la
perfección lo que significa un escenario como el Maneras de Vivir dentro del
Aúpa Lumbreiras.
La última actuación de este recorrido correspondió a Loncha
Velasco. Con ellos llegaba el cierre de una programación que había comenzado
muchas horas antes y que había ido atravesando diferentes formas de entender el
punk y el rock. Su actuación puso el punto final a la actividad del escenario
manteniendo esa esencia gamberra, cercana y alternativa que había acompañado
toda la jornada. El público que había permanecido fiel al Maneras de Vivir
encontró en este último concierto una oportunidad para seguir disfrutando hasta
el final, cerrando un día intenso y cargado de música.
El valor de este escenario se entendía precisamente al
contemplar la diversidad de las ocho actuaciones. Groggy Rude, Malos Vicios,
Distorsión, Periferia, Maldito Matas, Iratxo, Arpaviejas y Loncha Velasco
no representaban una única manera de entender el punk, sino diferentes caminos
dentro de una misma cultura musical. Cada grupo aportó su personalidad, su
sonido y su manera de relacionarse con el público, haciendo que el escenario
tuviera un recorrido propio a lo largo de toda la jornada.
Mientras en los escenarios principales se sucedían las
actuaciones de Evaristo, El Drogas, Narco, Talco, Porretas, Josetxu Piperrak,
Envidia Kotxina, Kaos Etíliko, Manifa y Manolo Kabezabolo, el Maneras de Vivir
mantenía encendida otra parte imprescindible del festival. No se trataba de
competir con los grandes nombres, sino de ofrecer un espacio donde otras bandas
pudieran tener el protagonismo que merecen y donde el público pudiera acercarse
a propuestas diferentes.
Y ahí estaba precisamente la riqueza del Aúpa Lumbreiras:
dos realidades que convivían durante la misma jornada. Por un lado, los grandes
referentes que han escrito páginas fundamentales del punk y el rock estatal;
por otro, un escenario que apostaba por mantener viva la cercanía, la
espontaneidad y la cultura de base que siempre ha acompañado a estos estilos.
Cuando avanzaba la noche y Villena quedaba cubierta por el
ambiente del festival, el Maneras de Vivir había completado su particular
viaje. Desde la primera descarga de Groggy Rude hasta el cierre de Loncha
Velasco, habían pasado por allí ocho bandas y cientos de personas que
encontraron en aquel espacio una forma diferente de vivir el Aúpa. Un escenario
para escuchar de cerca, para descubrir grupos, para cantar, saltar y compartir
unas horas con desconocidos que terminaban sintiéndose parte de la misma familia.
Porque, más allá de los grandes nombres y de los conciertos
multitudinarios, un festival como el Aúpa Lumbreiras también se construye en
estos momentos: en una banda que sale a tocar cuando todavía queda mucha
jornada por delante, en un público que se acerca sin saber exactamente qué
encontrará, en una canción que termina sorprendiendo, en un pogo que nace de
repente y en las conversaciones que aparecen después de un concierto.
El Maneras de Vivir fue, durante esta segunda jornada,
precisamente eso: un punto de encuentro para quienes entienden que el punk y el
rock no son únicamente géneros musicales, sino una manera de mirar el mundo, de
expresar lo que se lleva dentro y de compartirlo con los demás. Ocho bandas,
ocho actuaciones y una misma filosofía recorriendo el escenario durante todo el
viernes. Y cuando las últimas notas de Loncha Velasco dieron por terminado el
recorrido, quedaba la sensación de que aquel escenario había cumplido una
misión esencial: mantener viva, entre guitarras y voces, la parte más cercana y
combativa del espíritu del Aúpa Lumbreiras.
Crónica y fotos: Misfits Salenek

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