El tercer y último día del Aúpa Lumbreiras!! The Return, tenía algo especial desde que uno abría los ojos por la mañana.
Después de doce años de ausencia, el festival había
conseguido recuperar durante tres jornadas aquello que lo convirtió en mucho
más que una sucesión de conciertos: la sensación de pertenecer a una familia
extraña, ruidosa, sudada, contradictoria y maravillosa.
El regreso había reunido alrededor de 30.000 personas, unas
10.000 por jornada, y el sábado llegaba como la despedida de una fiesta que
había sido, sobre todo, un ejercicio de memoria colectiva. Pero todo parecía
empañarte momentáneamente, cuando una fuerte tormenta, pasó por la zona de
Villena acompañada de granizo, obligando
a desalojar la zona de camping temporalmente,
según la prensa de la zona; y los que estábamos en el recinto del
festival, se veían charcos, y la fuerte lluvia dejaba zonas totalmente
encharcadas, … pero poco a poco fue cesando, y hay que destacar el gran trabajo
de la organización, y la agilidad en retomar la zona, y la actividad musical,
con personal y trabajadores de la zona, que hicieron todo lo posible,
consiguiéndolo notablemente, y con ello poder disfrutar de este sábado del Aupa
Lumbreiras, a lo que aquí me sumo a felicitar la agilidad, y total
disponibilidad de la organización y todos los trabajadores que se encargaron,
que se pudiera disfrutar de nuevo. Aunque algunos de los presentes, no les
importaron mucho los charcos, ni el barro … y se lo pasaron en grande, saltando
y corriendo en el lodo, y el agua.
Y en ese último día había una mezcla especialmente difícil
de explicar desde fuera. Punk, rock, rap, ska, rumba, mestizaje, hardcore,
sonidos balcánicos y punk polaco. La jornada podía empezar con Kamikazes, y
hacerlo con ellos era una declaración de intenciones.
El grupo madrileño representa esa generación de punk-rock que ha aprendido a beber de los clásicos sin quedarse atrapada en ellos. Guitarras afiladas, melodías que entran rápido y una actitud de directo pensada para que las canciones no se escuchen simplemente, sino que se griten.
En un
Lumbreiras que llevaba todo el fin de semana reivindicando sus raíces,
Kamikazes funcionaban como un puente perfecto entre la memoria y el presente.
No hacía falta explicar nada: bastaba con mirar al público para entender que el
punk seguía teniendo relevo. El escenario volvía a llenarse de chavales que
quizá no habían vivido aquel Lumbreiras de hace doce años y de veteranos que sí
lo habían vivido, y durante unos minutos ambas generaciones parecían
exactamente la misma.
Después llegaba Def Con Dos, y con ellos cambiaba el
paisaje. El humor, la provocación, el rap-metal y esa manera tan particular de
convertir la crítica social en una mezcla de ironía, mala leche y ritmo. Def
Con Dos son una institución dentro del rock alternativo estatal y su presencia
en el regreso tenía algo de justicia histórica. César Strawberry y compañía no
necesitaban reivindicar su trayectoria: bastaba con dejar que las canciones
hablaran.
Temas de diferentes épocas fueron recuperando ese equilibrio entre rabia y cachondeo que siempre ha sido una de sus señas de identidad.
El
público respondió con esa complicidad que solo existe cuando una banda lleva
décadas formando parte de la banda sonora de varias generaciones. El Lumbreiras
no estaba simplemente recuperando un festival: estaba recuperando canciones que
habían acompañado vidas enteras.
Y entonces apareció una figura que parecía llegada
directamente desde otra dimensión del punk: Marky Ramone. Con el nombre de los
Ramones escrito en la memoria colectiva, su presencia tenía un valor que
trascendía el propio concierto. Marky Ramone's Blitzkrieg llegaba como
representante de una historia que comenzó en Nueva York y terminó influyendo en
prácticamente cualquier rincón del mundo donde alguien decidió coger una
guitarra, enchufar un amplificador y tocar rápido. Su concierto era, por encima
de todo, una celebración de los Ramones.
Pocas cosas podían simbolizar mejor la universalidad del
punk: un músico de Nueva York tocando en Villena mientras miles de personas
cantaban canciones que, probablemente, habían escuchado por primera vez en una
habitación, en un coche, en un bar o en un viejo reproductor de CD. Y cuando un
concierto así ocurre, la edad deja de importar. Durante un rato todos tenemos
diecisiete años.
Tras el viaje internacional, Los de Marras devolvían el
Lumbreiras a ese rock urbano de aquí, de barrio, de calle, de historias
cotidianas y heridas que se reconocen a primera escucha. La banda valenciana
tiene esa capacidad de convertir la vida corriente en canción y de hacer que el
público encuentre algo suyo en cada historia.
En Villena encajaban como una pieza que siempre había estado
esperando volver a su sitio. La sensación era la de reencontrarse con alguien
conocido después de demasiado tiempo: no hace falta presentarse, porque sabes
perfectamente quién tienes delante.
Después, en el escenario principal, Segismundo Toxicómano
recordaba por qué su nombre se ha convertido en uno de los imprescindibles del
punk estatal. Su trayectoria está profundamente ligada a la historia del propio
Aúpa Lumbreiras: de hecho, Segismundo Toxicómano figura entre los artistas que
más veces han pasado por las distintas ediciones del festival. Su concierto
tenía, por eso, un componente especial. No era únicamente otra descarga de
punk: era una conversación con el pasado.
Canciones de distintas épocas, guitarras directas, una
sección rítmica contundente y ese modo de cantar que parece hecho para ser
contestado por cientos o miles de gargantas. Si algo define a Segis es que sus
canciones no pertenecen exclusivamente al grupo. Hace años que pertenecen
también a su gente, a los que permitió que subieran en un tema del concierto, y
poder disfrutar de los Segis desde dentro, grandes por siempre.
Después llegaba Dubioza Kolektiv, una de las actuaciones más
originales y difíciles de clasificar de aquella jornada. El grupo bosnio
aportaba una mezcla muy particular de estilos, combinando hip-hop, dub, rock,
ska y ritmos tradicionales de los Balcanes para crear un sonido propio, lleno
de energía y muy diferente al de muchas de las bandas habituales del festival.
Su presencia demostraba que el Lumbreiras no tenía por qué limitarse únicamente
al punk y al rock estatal, sino que también podía abrir sus puertas a
propuestas internacionales capaces de aportar nuevos sonidos y otras formas de
entender la música.
Desde los primeros compases, el ambiente cambiaba por
completo. Los ritmos bailables de Dubioza Kolektiv conseguían que el público
saltara, bailara y participara como si se tratara de una gran fiesta colectiva.
Muchos asistentes, acostumbrados a pogos, guitarras contundentes y baterías
aceleradas, se encontraban ante una propuesta diferente que, sin perder la
intensidad, apostaba mucho más por el baile y la celebración. La conexión con
el público fue inmediata, demostrando que las fronteras musicales podían
desaparecer cuando había ganas de pasarlo bien.
La actuación servía además para recordar que la identidad de
un festival no depende únicamente de que todos sus grupos compartan un mismo
estilo. Precisamente la variedad de propuestas podía convertirse en una de sus
grandes virtudes. Dubioza Kolektiv aportaba ese toque internacional y
multicultural que ampliaba los horizontes del cartel y demostraba que el
espíritu del Lumbreiras podía convivir con sonidos procedentes de lugares muy
distintos. Su concierto terminó siendo una auténtica fiesta balcánica dentro
del festival, una de esas actuaciones que rompen con la rutina del cartel y
dejan claro que la música también puede unir públicos, culturas y estilos muy
diferentes.
Después llegaba La Pegatina, y con ellos la atmósfera del
festival daba un giro evidente. La última jornada entraba en una nueva
dimensión y el recinto comenzaba a llenarse de una energía diferente, mucho más
festiva y desenfadada. Su concierto era uno de los más esperados de aquel
último día y contaba, además, con un atractivo añadido: se había presentado
como su única actuación de 2026 en la provincia de Alicante. Para muchos
asistentes, aquello convertía su presencia en una ocasión especialmente señalada
dentro de un fin de semana ya cargado de conciertos importantes.
Después de varias jornadas marcadas por el punk, el rock,
los pogos y las guitarras a todo volumen, La Pegatina aparecía para transformar
toda esa intensidad en una enorme celebración. Su combinación de rumba, ska,
pop y sonidos mestizos consiguió reunir a un público muy amplio, demostrando
una vez más que dentro del Lumbreiras había espacio para propuestas diferentes.
La banda catalana no necesitaba recurrir a la contundencia habitual de otros
grupos del cartel para mantener la intensidad. Su fuerza estaba en los ritmos
bailables, en los estribillos pegadizos y, sobre todo, en una capacidad enorme
para conseguir que el público participara desde el primer momento.
El ambiente se convirtió rápidamente en una fiesta
colectiva. Miles de personas comenzaron a saltar, bailar y cantar canciones que
ya forman parte del imaginario de la banda. Temas como “Maricarmen”, “Lloverá y
yo veré”, “Y se fue” o “Y volar” tienen esa capacidad de funcionar de manera
inmediata en un festival: basta con que empiecen los primeros acordes para que
una gran parte del público sepa qué viene después. Son canciones que hace
tiempo dejaron de pertenecer únicamente al grupo y que ahora forman parte
también de quienes las han cantado en conciertos, festivales, fiestas y
encuentros durante años.
Uno de los aspectos más interesantes de la actuación fue
precisamente esa conexión entre la banda y los asistentes. No parecía
simplemente un concierto en el que un grupo tocaba sus canciones mientras el
público observaba. Todo funcionaba como una celebración compartida. Las voces
de los asistentes acompañaban constantemente a la banda, mientras delante del
escenario se sucedían los saltos, los bailes y los abrazos. Por momentos, daba
la sensación de que todo el recinto estaba participando en una misma canción.
La Pegatina aportaba además un contraste muy interesante
respecto a lo que había sonado durante buena parte del festival. Después de
horas de sonidos más agresivos y contundentes, su propuesta permitía cambiar el
registro sin perder intensidad. La energía seguía estando presente, pero
expresada de otra manera: a través del baile, de la alegría y de esa sensación
de libertad que aparece cuando miles de personas comparten una misma melodía.
Era un cambio de estilo, pero no de espíritu.
Después de aquella explosión festiva llegaba Boikot, una de
las bandas que mejor representan la capacidad del punk-rock estatal para
convertirse en canción colectiva. Boikot llevan décadas construyendo himnos de
denuncia y resistencia, y su relación con el público del Lumbreiras es
especialmente fuerte. La banda ha aparecido en numerosas ediciones del festival
y forma parte de esa columna vertebral que une diferentes generaciones de
asistentes.
Su repertorio permite imaginar una sucesión de voces
cantando al unísono: “Sin tiempo para respirar”, “Kualqiier día”, “Jarama”,
“Bajo el suelo”, “De espaldas al mundo” o “No les interesa” forman parte del
universo de canciones que Boikot ha ido convirtiendo en patrimonio emocional de
su público. En otros conciertos son canciones. En un Lumbreiras así se
convierten en recuerdos.
Y cuando parecía que la noche ya había dado todo lo que
tenía, Trashtucada volvía a poner el cuerpo en movimiento. La banda andaluza,
con su mezcla de rock, ska, mestizaje y fiesta, encajaba como anillo al dedo en
esa parte del festival donde ya no importaba demasiado cuánto cansancio
quedaba.
Porque el cansancio, en realidad, era parte del concierto.
Las piernas dolían, la garganta estaba rota, la ropa acumulaba polvo y sudor,
pero seguías ahí. Eso también forma parte de la liturgia de un festival como
Lumbreiras.
El último nombre de tu lista, Me Fritos & The Gimme
Cheetos, representaba precisamente esa actitud de no dejar que la noche
terminara tranquilamente. Su propuesta mezcla punk, humor, gamberrismo y una
energía absolutamente desvergonzada. Era una manera perfecta de cerrar esta
sucesión de nombres: después de Ramones, punk estatal, ska, mestizaje y grandes
himnos, todavía quedaba espacio para el caos divertido. Porque un Lumbreiras
nunca debería acabar demasiado ordenado.
Hay escenarios que parecen secundarios hasta que uno se
acerca a ellos. Entonces descubre que, en realidad, son los que guardan la
memoria más profunda de un festival. El escenario Maneras de Vivir del Aúpa
Lumbreiras!! The Return fue exactamente eso: un refugio para quienes entendían
el punk no solamente como un género musical, sino como una manera de estar en
el mundo, de resistir, de encontrarse con los demás y de conservar vivas unas
canciones que llevan años formando parte de nuestras vidas.
Y quizá no podía haber mejor manera de empezar este
recorrido que con Sin Propina. Su presencia en el regreso del Lumbreiras tenía
ese sabor de las bandas que entienden que el punk no necesita grandes
artificios para funcionar. Guitarras, bajo, batería y una actitud directa: lo
importante está delante, en el público, en la comunicación inmediata que se
establece cuando una banda se sube a un escenario y toca sin necesidad de
esconderse detrás de nada. Sin Propina pertenece a esa estirpe de grupos que encuentran
su lugar en la carretera, en las salas, en los festivales y en ese circuito que
durante años ha mantenido vivo el rock de base.
Y el Maneras de Vivir era precisamente el lugar perfecto
para ellos. Porque mientras al otro lado del recinto miles de personas podían
estar pendientes de los grandes nombres del cartel, aquí se podía recuperar
algo mucho más íntimo: la sensación de estar viendo un grupo de cerca, de
compartir el mismo aire, de cantar junto a gente que quizá acababas de conocer.
En un festival tan grande, ese tipo de cercanía adquiere un valor enorme.
Había, además, algo simbólico en comenzar con Sin Propina.
El regreso del Lumbreiras no consistía solamente en traer de vuelta a los
grandes nombres de siempre. También significaba volver a dar espacio a esa
segunda línea —entendida no como categoría artística, sino como posición dentro
del cartel— que siempre ha sido fundamental para construir la escena. El punk
no se sostiene únicamente sobre los cabezas de cartel. Se sostiene sobre
cientos de bandas que recorren kilómetros, cargan amplificadores, montan sus
propios equipos y siguen tocando porque necesitan hacerlo. Sin Propina
representa precisamente esa dignidad.
Después llegaba 4DZIKI, y con ellos el Maneras de Vivir
abría las puertas del festival hacia Polonia. La banda de Wrocław llegó a
Villena como una de las apuestas internacionales de esta edición y con una
historia especialmente vinculada a la escena española. Desde su reactivación en
2020 han acumulado más de un centenar de conciertos y han pasado por festivales
españoles como Viña Rock y Rabolagartija; el Aúpa Lumbreiras suponía además su
gran desembarco dentro de esta edición.
Lo interesante de 4DZIKI es que su relación con el punk
español no es meramente geográfica. La banda ha colaborado con nombres como
Boikot, Kaos Urbano y Kamikazes, y llegó al festival con una canción grabada
junto a esas bandas, una colaboración que simbolizaba perfectamente ese
intercambio entre escenas que el punk ha conseguido construir durante décadas.
Y así, durante unos minutos, las fronteras dejaron de
existir.
Wrocław y Villena quedaron conectadas por unas guitarras
distorsionadas, por una batería golpeando con furia y por un público que no
necesitaba conocer todas las palabras para entender lo esencial. Porque el punk
tiene algo que otros géneros no poseen con tanta claridad: incluso cuando no
compartes idioma, reconoces la actitud. Reconoces la rabia, la energía, el
deseo de gritar y esa necesidad casi física de convertir el escenario en un
punto de encuentro.
4DZIKI representaba, además, una de las imágenes más bonitas
de este Lumbreiras de regreso: un festival español acogiendo a una banda polaca
que, a su vez, había construido puentes con varias formaciones españolas. El
punk viajando en ambas direcciones. Las canciones haciendo de traductoras. Y el
Maneras de Vivir funcionando como frontera solamente en el mapa.
Después, Avancarga devolvía el protagonismo a la escena
estatal. Una banda como Avancarga encaja en ese concepto de escenario que
funciona como cantera, memoria y punto de reunión. No hace falta que un grupo
tenga detrás una gigantesca maquinaria para hacer que sus canciones tengan
sentido. En el punk, muchas veces sucede exactamente, al contrario: cuanto más
cerca está la banda de la gente, más fuerte puede resultar el vínculo.
Avancarga aportaba esa sensación de directo construido desde
abajo, de canciones que no necesitan una producción gigantesca para crecer. Y
en el Maneras de Vivir eso tenía todavía más fuerza. El escenario no pretendía
competir con el principal. No lo necesitaba. Su función era otra: conservar la
cercanía, la espontaneidad y ese espíritu de festival que permite descubrir una
banda que quizá no habías escuchado antes y salir de allí pensando que acabas
de encontrar algo que vas a seguir escuchando durante mucho tiempo. De la mano
de J. Al Ándalus (bajista de Def con Dos, que hizo doblete), y el grandísimo Vikingo
M.D.
En una edición marcada por la nostalgia, Avancarga recordaba
que la nostalgia no puede convertirse en una cárcel. El Lumbreiras podía mirar
hacia atrás, recuperar nombres, símbolos y canciones, pero también tenía que
dejar espacio para que siguiera existiendo el futuro. Y ese futuro se construye
precisamente desde escenarios como éste.
Después llegaba Skaparapid, y entonces la palabra fiesta
adquiría otro significado. Los valencianos forman parte de la historia del
ska-punk y del mestizaje combativo de la escena estatal, y su presencia en
Villena parecía escrita especialmente para un festival que siempre ha sabido
mezclar guitarras, ritmos bailables y compromiso. Skaparapid es una de esas
bandas capaces de conseguir que el público salte y baile sin que desaparezca el
mensaje.
En su música existe una contradicción aparente que en
realidad no lo es: se puede bailar mientras se piensa; se puede celebrar
mientras se protesta; se puede sonreír sin dejar de mirar alrededor. Esa mezcla
convirtió el Maneras de Vivir en un hervidero. El público se movía, las
canciones viajaban de un lado a otro y durante un rato el cansancio acumulado
de tres días parecía desaparecer.
Y es que en un festival de estas dimensiones el cuerpo
también cuenta la historia. Las piernas empiezan a pesar. La garganta ya no
responde igual. El polvo se ha convertido en una segunda piel. Pero cuando
aparece una banda como Skaparapid, todo eso deja de importar. El cuerpo
recuerda por qué está allí.
Después de tantos años, ver a Skaparapid dentro de un
Lumbreiras que había vuelto a existir tenía también una dimensión generacional.
Para algunos asistentes eran parte de una banda sonora de juventud; para otros,
una banda descubierta recientemente. Pero todos terminaban compartiendo el
mismo espacio. Y quizá ésa era una de las grandes virtudes de este escenario:
demostrar que las generaciones no tienen por qué enfrentarse cuando existe
música capaz de unirlas.
Entonces llegaba Mamá Ladilla, y el ambiente cambiaba
radicalmente sin perder intensidad. Si algunas bandas utilizan la rabia como
arma, Mamá Ladilla utiliza el humor. Pero sería un error confundir humor con
ligereza. Juan Abarca y compañía llevan décadas demostrando que se puede
construir una canción desde el absurdo, la inteligencia, la ironía y la
provocación y conseguir que detrás de una carcajada haya también una mirada
crítica.
En el Maneras de Vivir, Mamá Ladilla tenía una misión casi
terapéutica. Después de tantas horas de guitarras, reivindicaciones, sudor y
consignas, hacía falta reír. Reírse de uno mismo. Reírse de las
contradicciones. Reírse de la solemnidad. Reírse de todo aquello que, si se
toma demasiado en serio, termina pesando demasiado.
Y el público respondió como responde siempre ante Mamá
Ladilla: entrando en el juego.
Sus canciones tienen esa particularidad de que no se limitan a escucharse. Se recuerdan. Se citan. Se comparten. Hay frases que llevan años instaladas en la memoria de quienes crecieron con la banda. Por eso su actuación no podía ser simplemente otro concierto del cartel.
Era una reunión
con una parte de la cultura underground española, con ese humor irreverente que
ha sobrevivido a modas, cambios de escena y generaciones.
Después de la carcajada llegaba Crim, y con ellos el Maneras
de Vivir demostraba que la historia del punk no es una línea recta, sino una
conversación entre generaciones.
Formados en Tarragona en 2011, Crim se han convertido en una
de las referencias del punk-rock catalán y han conseguido llevar su música
mucho más allá de sus fronteras. Su sonido bebe de referencias como Social
Distortion, Leatherface, Cock Sparrer o Vanilla Muffins, pero con el tiempo han
desarrollado una identidad propia, marcada por las guitarras melódicas, la
contundencia y unas letras que no esconden la crítica social.
Llegaban además con un presente especialmente vivo. Su
último álbum, Futur Medieval, publicado a finales de 2025, confirmaba que Crim
no son simplemente una banda que mira hacia la tradición punk, sino una
formación plenamente instalada en el presente.
Y quizá por eso su paso por el Lumbreiras tenía un
significado especial. Porque mientras algunas actuaciones del festival servían
para reencontrarse con el pasado, Crim representaban aquello que sucede cuando
una generación nueva recoge las herramientas de las anteriores y las transforma
en algo propio.
Sus canciones tienen esa combinación de melodía y rabia que
hace que el público pueda cantar incluso cuando la garganta está al límite. El
punk de Crim no necesita correr desesperadamente: sabe cuándo apretar, cuándo
abrir la melodía y cuándo dejar que un estribillo se convierta en una respuesta
colectiva. Su presencia en el Maneras de Vivir confirmaba que el escenario no
era un museo. Era un organismo vivo.
Y entonces llegaba Agua Bendita. Aquí la nostalgia adquiría
otra dimensión.
Hablar de Agua Bendita es hablar de una época concreta del
punk y del mestizaje estatal, de aquella manera de mezclar guitarras, ska,
reggae y crítica social con una identidad profundamente callejera. Su nombre
está unido a una generación que descubrió que el punk podía ampliar sus
fronteras y que una canción podía pasar de la rabia al baile sin perder su
capacidad de protesta.
En el Lumbreiras, su presencia funcionaba como una máquina
del tiempo. Pero no una máquina del tiempo triste. Todo lo contrario. Era
volver a encontrarse con canciones y sonidos que habían acompañado a mucha
gente durante años y comprobar que, cuando vuelven a sonar delante de un
público que todavía los recuerda, el tiempo puede quedarse suspendido.
Hay bandas que envejecen con sus seguidores. Agua Bendita
pertenece a esa categoría. Sus canciones adquieren nuevos significados porque
quienes las escucharon siendo jóvenes ahora llegan al festival con más años,
más historias y probablemente muchas más cicatrices. Y, sin embargo, cuando
empieza una canción conocida, algo vuelve a su sitio.
Esa es la magia de los festivales de regreso. No recuperan
el pasado: recuperan la sensación que teníamos cuando el pasado todavía era
presente.
Y llegamos al último nombre de esta crónica, Ni Por Favor Ni
Ostias, una banda cuya historia está íntimamente ligada al punk de Castellón y
que merece aparecer aquí como un epílogo sentimental. Nacidos en Burriana en
1992, comenzaron con Jorge a la voz y guitarra, Josep al bajo y David a la
batería, incorporando posteriormente la percusión de Cuco, elemento
característico de su sonido. Después de varios trabajos y distintas etapas,
regresaron a la actividad en 2020 y en 2023 publicaron Tranquilos!!.
Su trayectoria representa muchas de las cosas que hacen
especial al punk de aquí: años de carretera, discos editados lejos de las
grandes estructuras, pausas, regresos, cambios de formación y una fidelidad
absoluta a una manera de entender las canciones. Desde Marijuana, su primera
maqueta de 1995, hasta trabajos como Ni pa kaldo..., El demonio ke llevamos
dentro, 13, Bastardos unidos o Tranquilos!!, la banda ha mantenido siempre una
mirada crítica y combativa.
Y por eso Ni Por Favor Ni Ostias funciona tan bien como
cierre de esta historia.
Porque si el Aúpa Lumbreiras ha significado algo para varias
generaciones es precisamente eso: que una banda no necesita estar
permanentemente en primera línea para formar parte de la vida de su público.
Hay grupos que desaparecen durante años y, cuando regresan, uno descubre que
las canciones no habían desaparecido. Seguían ahí, esperando.
El Maneras de Vivir fue eso durante el regreso del
Lumbreiras: un lugar donde el tiempo parecía funcionar de otra manera.
Allí podían encontrarse el punk polaco de 4DZIKI y el de
Burriana; la energía de Avancarga y la historia de Skaparapid; el humor de Mamá
Ladilla y la contundencia contemporánea de Crim; el mestizaje de Agua Bendita y
la memoria de Ni Por Favor Ni Ostias. No hacía falta que todas las bandas
sonaran igual. De hecho, lo hermoso era precisamente lo contrario.
El Maneras de Vivir no fue un escenario pequeño. Fue un
escenario cercano. Y en un festival que regresaba después de doce años, la
cercanía tenía un valor incalculable.
Porque mientras el escenario principal podía ofrecer grandes
nombres, grandes producciones y miles de personas cantando al mismo tiempo,
allí había otra cosa: la sensación de estar dentro de una historia. Una
historia hecha de salas pequeñas, carteles pegados en farolas, viajes en
furgoneta, discos comprados en conciertos, camisetas gastadas, cintas, CD,
vinilos, amistades que nacieron delante de un escenario y canciones que
terminaron acompañando momentos que no tenían absolutamente nada que ver con la
música. Quizá por eso, cuando todo terminó, el Maneras de Vivir no se quedó
vacío. Aunque físicamente se apagaran las luces, aquel escenario siguió
existiendo en la cabeza de quienes estuvieron allí. Porque los festivales
terminan. Las luces se apagan. Los amplificadores dejan de rugir y los
escenarios empiezan a desmontarse. Pero hay canciones que no se desmontan. Hay
canciones que se quedan.
Y después de doce años esperando el regreso del Aúpa
Lumbreiras, quizá ésa fue la verdadera victoria del Maneras de Vivir: demostrar
que la música que nos acompañó hace años todavía puede volver a encontrarnos en
el mismo lugar, con más canas, más recuerdos y seguramente más heridas, pero
con las mismas ganas de levantar el puño, abrazar al de al lado y cantar hasta
quedarnos sin voz.
Por eso el tercer día no fue solamente el tercer día. Fue el
último. Y cuando un festival ha significado tanto para tanta gente, la palabra
“último” pesa. Queda el silencio después de que se apaga el último
amplificador. Queda el escenario vacío. Quedan los vasos en el suelo, las
camisetas sudadas, las pulseras que ya no sirven para entrar a ninguna parte y
las fotografías que intentan atrapar algo que en realidad no cabe dentro de una
imagen. Queda la carretera de vuelta. Queda el cansancio. Y, sobre todo, queda
esa sensación extraña de haber vivido durante tres días en un lugar donde todo
parecía tener sentido.
El Lumbreiras volvió.
Crónica y fotos: Misfits Salenek

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