El rock más directo, descarado y visceral tuvo su espacio en la octava edición del Acerock, el festival gratuito organizado por la Asociación Acero en Mérida.
La banda gallega de power metal Atreides fue la
encargada de abrir este sábado de festival, tras proclamarse ganadores del
concurso de bandas de este año, quienes además tuvieron unos fuertes rivales
como fueron SNÁGORA y Docka pussel.
Tres bandas que lo dieron todo sobre el escenario y que
salieron elegidos entre más de 200 bandas de diferentes países.
Tenían el tiempo justo para volver a meterse al publico en bolsillo
y la banda formada por Icko Viqueira a la voz, Dany Soengas a la guitarra, Mon
al bajo y Adrián Moa a la batería iban a por todas.
Los primeros temas para romper la tarde y crear el ambiente
perfecto fueron “Caminante”, “Antergos Ritos” y “Frágiles”, cortes directos,
con una potencia a las guitarras brutal, junto con una sección rítmica tremenda.
Tras este arranque se dirigen al publico y dan las gracias a
la Asociación Acero por contar este año con ellos.
Unas bellas melodías abren para “Medianoche” con ese aire a
lo Warcry, seguida de “Eclipse”, uno de sus nuevos temas. Con mucha garra y
dureza. Hay momentos en el que los Ángeles del Infierno se manifiestan en esa canción.
Siguen tirando de clásicos como es “Nueva Pangea”, “Decepción”
y “Penitencia”, canciones antiguas que siguen teniendo mucha potencia y garra
para brillar en directo.
Para cerrar su actuación no podía faltar “Herederos de la Fe”
menudo subidón de adrenalina, un tema directo a la yugular. Servet cerro su actuación de una forma
sublime, dejando al publico con ganas de más.
Y lo volvemos a repetir una vez más, en nuestro país hay
bandas muy grandes, solo necesitan que se las escuchen y que les den una
oportunidad. Gran actuación.
Allí, Stray Renegades presentó su propuesta de hard
rock y sleaze metal, con guitarras afiladas, actitud rebelde y espíritu de
carretera. La formación cacereña, una de las apuestas por el talento emergente
extremeño, trabaja en la preparación de su primer álbum y aprovechó la cita del
sábado 3 de octubre para mostrar sus composiciones ante nuevos oyentes. Su
presencia reforzó el papel del Acerock como escaparate para bandas emergentes y
como punto de encuentro para distintas generaciones de seguidores del rock y el
metal.
El
concierto arrancó con una intro que creó expectación antes de dar paso a
“Chains on the Ground”, una declaración de intenciones marcada por el rock
contundente y directo. El título evoca ataduras y resistencia, imágenes que
encajan con el espíritu inconformista del sleaze metal. Después llegó el
segundo tema, que “Invincible”, que invitaba a superar las dificultades y
mantenerse en pie. Con estas primeras canciones, Stray Renegades comenzó a
mostrar un repertorio propio que alterna energía y melodía, un paso importante
para una formación emergente que busca consolidar su personalidad sobre los
escenarios.
Con “Better Off Alone”, el grupo introdujo un matiz más
emocional, ligado desde el título a la independencia y la búsqueda de un camino
propio. La canción alterna vulnerabilidad y actitud desafiante sin abandonar el
carácter eléctrico de la propuesta. Después llegó “Fallen Angel (Break Free
Tonight)”, una composición cuyo subtítulo añade un matiz especialmente
significativo: la invitación a liberarse y dejar atrás aquello que mantiene a
una persona atrapada. La figura del ángel caído es un recurso recurrente en el
imaginario del rock, donde la rebeldía, la caída y la búsqueda de redención se
entrelazan con frecuencia. La referencia a romper las cadenas esa misma noche
refuerza la idea de una liberación inmediata, casi como si la música se
convirtiera en el vehículo para escapar de la rutina.
Dentro de la secuencia del concierto, “Fallen Angel”
contribuía a desarrollar la vertiente más narrativa del repertorio y a reforzar
ese lenguaje de independencia y desafío que acompaña al grupo desde su propia
denominación. La canción encajaba, además, con el espíritu de un festival que
ofrece a las bandas la posibilidad de mostrar su trabajo ante una audiencia
diversa, formada tanto por seguidores habituales del género como por personas
que se acercan a descubrir nuevas propuestas.
En el contexto del concierto, el tema suponía una nueva
incursión en la vertiente más cruda del repertorio, reafirmando el propósito de
Stray Renegades de mantener una línea musical reconocible sin renunciar a los
cambios de carácter entre composiciones. La alternancia entre canciones de
temática más introspectiva y otras de espíritu más agresivo permitía recorrer
diferentes registros emocionales, manteniendo como hilo conductor la actitud
propia del hard rock.
Con “New Life”, la banda introdujo otro de los conceptos
recurrentes en la historia del rock: el renacimiento. Después de las
referencias a las cadenas, la soledad, la caída y los instintos desatados, la
idea de una vida nueva podía interpretarse como una forma de recomenzar, dejar
atrás los errores y mirar hacia delante. El título adquiría también una lectura
especialmente apropiada para una formación que se encuentra en pleno proceso de
crecimiento y que trabaja en la preparación de su primer disco.
Para un grupo emergente, cada concierto representa una
oportunidad de aprendizaje, de presentación y de consolidación; cada canción
defendida ante el público contribuye a definir una personalidad que solo
termina de tomar forma cuando el repertorio sale del local de ensayo y se
enfrenta al escenario. En ese sentido, «New Life» funcionaba como una imagen de
la propia trayectoria de Stray Renegades, una banda cacereña que continúa
desarrollando su propuesta y buscando su lugar dentro del panorama nacional.
El siguiente paso fue “Stray Renegades”, el tema que lleva el nombre de la formación y que, por su propia naturaleza, ocupa un lugar especialmente representativo dentro de cualquier repertorio. Las canciones homónimas suelen convertirse en una especie de carta de presentación musical: condensan la identidad del grupo, su actitud y el universo con el que desea ser identificado. En este caso, el nombre Stray Renegades transmite una idea de inconformismo, de quienes prefieren avanzar al margen de los caminos establecidos y conservar su propia personalidad. Esa imagen encaja con el espíritu del sleaze metal, un estilo que reivindica la autenticidad, la libertad y cierta estética de rebeldía heredada de las vertientes más callejeras del hard rock. Interpretar una canción con el nombre de la banda dentro de una actuación en un festival dedicado al rock suponía, además, una oportunidad para dejar claro quiénes son y qué clase de música quieren defender.
Para quienes aún no
conocían al grupo, este corte podía servir como una síntesis de su propuesta;
para quienes ya seguían sus pasos, suponía reencontrarse con una pieza
vinculada directamente a su identidad. La descarga prosiguió con “Revolution”,
otro título que remite a la ruptura con lo establecido y a la necesidad de
provocar cambios. La revolución, entendida como actitud antes que, como
consigna, forma parte del vocabulario histórico del rock: cuestionar las
normas, desafiar las convenciones y reclamar un espacio propio han sido
elementos fundamentales de su imaginario desde hace décadas. En el caso de una
banda emergente, esa idea también puede trasladarse a la voluntad de construir
una trayectoria en un panorama musical exigente, donde la constancia y el
trabajo resultan tan importantes como la inspiración. Stray Renegades se
encuentra precisamente en esa etapa en la que cada actuación ayuda a ampliar su
experiencia, dar visibilidad a sus composiciones y preparar el terreno para
futuros lanzamientos.
La recta final reservó un espacio para “Paranoid”, la
versión de un clásico inmortal de Black Sabbath que aportó al repertorio una
conexión directa con las raíces del heavy metal. Publicada originalmente por la
banda británica en 1970, “Paranoid” es una de esas canciones que han
trascendido generaciones y estilos, convirtiéndose en una referencia
imprescindible para comprender la evolución del rock duro. Su riff reconocible,
su estructura directa y su energía inmediata han hecho de ella una pieza habitual
en los repertorios de numerosas formaciones, desde grupos noveles hasta
artistas consagrados. Para Stray Renegades, incorporarla al setlist suponía
rendir homenaje a una de las grandes influencias históricas del género y, al
mismo tiempo, acercarse a una parte del público a través de una composición
ampliamente reconocida.
Una versión de este calibre también permite comprobar cómo
una banda incorpora a su propio lenguaje una canción ajena, respetando su
esencia y aportando la energía de su interpretación. En el contexto de Acerock,
“Paranoid” representaba un puente entre la herencia de los pioneros del metal y
las nuevas generaciones de músicos que continúan manteniendo vivo ese legado
desde sus propias ciudades y escenas locales.
La octava edición del Acerock contó con Sabotaje,
formación vizcaína que ocupa un lugar propio en la historia del heavy metal
estatal. Desde sus comienzos en 1983, el grupo ha defendido un sonido de
guitarras contundentes y composiciones de carácter directo. En Mérida, el
repertorio recorrió distintas etapas de su discografía, combinando canciones de
“Santuario”, álbum publicado en 2018, con material más reciente de “Legado XL”.
La selección permitió escuchar tanto temas ligados a su historia como
composiciones de su etapa actual.
Vinculada a la escena vizcaína del heavy metal de los años
ochenta, Sabotaje ha atravesado los cambios de la industria y las dificultades
para publicar su música sin abandonar el proyecto. La publicación de
“Santuario” en 2018 dio salida a años de trabajo, mientras que “Legado XL”
confirmó la voluntad de recuperar composiciones de distintas épocas y seguir
ampliando el repertorio. Esa continuidad aporta contexto a una trayectoria que
no se limita a mirar atrás, sino que mantiene actividad y presencia en directo.
La intro dio paso a “Nunca más”, con la que comenzó el
recorrido por “Santuario”. La canción abrió el concierto con guitarras firmes y
una interpretación vocal de tensión clásica, recuperando el sonido directo que
caracteriza a Sabotaje. Su ubicación al inicio permitió presentar desde el
primer momento una de las etapas más significativas de su discografía.
El recorrido continuó con “La sombra”, otra de las
composiciones vinculadas a Santuario. En esta ocasión, el repertorio se
adentraba en una vertiente más oscura, donde el peso de los riffs y la
construcción instrumental contribuyen a crear una atmósfera de mayor
intensidad. La sucesión de “Nunca más” y “La sombra” permitía apreciar dos
matices complementarios del sonido de Sabotaje: la contundencia frontal y el
desarrollo de ambientes más densos. Dos canciones que ayudan a comprender la
identidad musical de una banda que ha encontrado en el metal tradicional una
base sólida sobre la que desarrollar su propio lenguaje.
La llegada de “Súbete” trasladó el protagonismo hacia el
material más reciente. Vinculada a la etapa de “Legado XL”, la canción
representa la voluntad del grupo de seguir ampliando su catálogo sin alejarse
de las señas de identidad que lo han acompañado desde sus comienzos. Su
presencia dentro del setlist establecía un vínculo entre las composiciones que
forman parte de la memoria de la banda y aquellas con las que continúa
construyendo su presente. Sabotaje demuestra así que su trayectoria no se
limita a recuperar canciones del pasado, sino que mantiene abierta la puerta a
nuevas ideas y a una actividad musical que sigue encontrando su espacio en los
escenarios.
Con “Destrucción” regresó la vertiente más contundente del
repertorio. Incluida en Santuario, esta composición conecta con el heavy metal
de mayor pegada, apoyándose en la fuerza de las guitarras y en una estructura
directa que favorece su impacto dentro del directo. Su posición después de
«Súbete» permitía contrastar el material reciente con una de las piezas más
representativas de la etapa discográfica de 2018. La canción encaja plenamente
en la tradición del metal que Sabotaje ha defendido durante su carrera: música
sin rodeos, construida alrededor de riffs poderosos y con una clara vocación de
intensidad.
El setlist prosiguió con “África”, uno de los temas asociados a “Legado XL”. La canción forma parte de una etapa en la que la banda ha continuado dando salida a nuevas composiciones, ampliando una discografía que durante mucho tiempo estuvo condicionada por las dificultades para publicar material. Su presencia en Mérida permitía mostrar la evolución del grupo y reforzar la importancia de sus lanzamientos más recientes. Junto a otras piezas de este trabajo, “África” contribuye a definir una etapa en la que Sabotaje mantiene su identidad clásica al tiempo que recupera la actividad creativa y la proyección discográfica.
A continuación, llegó “Sabotaje”, tema que comparte nombre
con la formación y que adquiere una dimensión especial dentro de su repertorio.
La coincidencia entre título y nombre del grupo convierte la canción en una
declaración de identidad, una forma de reivindicar el camino recorrido desde
1983 y la voluntad de continuar adelante pese a las dificultades. En una
trayectoria tan prolongada, mantener vivo un proyecto musical exige algo más
que conservar un estilo: implica seguir creyendo en las propias canciones,
defenderlas en directo y mantener el vínculo con el público. Esta composición,
perteneciente a la etapa de “Legado XL”, encaja en esa lectura de Sabotaje como
una banda que continúa afirmando su personalidad y su lugar dentro de la escena
metalera.
El turno de “Malditos en el poder” aportó al recorrido una
vertiente reivindicativa. La canción, incluida en Santuario, conecta con la
tradición del rock y del heavy metal que utiliza las letras para expresar
inconformismo y cuestionar las estructuras de poder. Su contenido añade una
dimensión crítica al repertorio, recordando que la música de Sabotaje no se
apoya únicamente en la potencia instrumental, sino también en una actitud que
forma parte de su identidad. La combinación de riffs contundentes y mensaje
directo sitúa este tema entre las composiciones que mejor representan el
carácter combativo de la banda y su manera de entender el metal como una vía de
expresión personal y colectiva.
Con “Gaia” regresó el protagonismo de “Legado XL”. La
canción, que abre el álbum en su edición discográfica, forma parte de la
renovación del catálogo de Sabotaje y demuestra el interés del grupo por seguir
desarrollando composiciones propias. Su inclusión después de “Malditos en el
poder” permitía enlazar la tradición reivindicativa de la banda con una etapa
más reciente, sin que se produjera una ruptura estilística. Las guitarras y la
base rítmica mantienen el protagonismo dentro de un sonido que continúa mirando
al heavy metal clásico, pero que encuentra en sus nuevos lanzamientos una
oportunidad para prolongar su historia.
El repertorio avanzó hacia “Encerrado en el abismo”,
vinculada a los primeros años de Sabotaje y a la maqueta “Columnas de humo”.
Recuperarla en una etapa posterior enlaza los comienzos del grupo con su
actividad actual y permite conservar una parte de su historia musical dentro
del repertorio.
“La vista atrás” continuó ese diálogo entre pasado y
presente. El título invita a reflexionar sobre el camino recorrido y encaja
especialmente bien en la trayectoria de una banda que ha tenido que superar
diferentes obstáculos para mantener vivo su proyecto. La larga espera hasta la
publicación de sus primeros trabajos oficiales y la posterior recuperación de
composiciones antiguas convierten esta canción en una pieza especialmente
significativa dentro de su evolución. Sabotaje ha demostrado que mirar al pasado
no tiene por qué significar quedarse anclado en él; también puede servir para
reconocer los esfuerzos realizados, conservar la identidad y encontrar nuevas
razones para seguir adelante. La presencia de esta composición dentro del
setlist reforzaba esa dimensión histórica que atraviesa buena parte de su
repertorio.
El siguiente paso fue “Hermanos de sangre”. Su título remite
a la fraternidad que históricamente ha caracterizado a la comunidad metalera y
al vínculo que se establece entre quienes comparten una misma pasión musical.
La canción aporta una dimensión colectiva al concierto y representa una de las
ideas más arraigadas en la cultura del heavy metal: la existencia de una
comunidad que trasciende generaciones, lugares y circunstancias. En el caso de
Sabotaje, esa conexión adquiere un significado especial por la continuidad de
la banda y por la relación que ha mantenido con los seguidores del género a lo
largo de los años.
El recorrido concluyó con “Santuario”, la canción que da
nombre al álbum publicado en 2018 y que ocupa un lugar fundamental en la
historia discográfica del grupo. Aquel lanzamiento supuso la materialización de
un largo periodo de trabajo y permitió que las composiciones de Sabotaje
encontraran una nueva vida más allá de los escenarios. La elección de este tema
para cerrar la secuencia facilitada constituye un regreso simbólico al disco
que marcó una etapa decisiva en la carrera de la formación. Santuario representa
la perseverancia, la identidad y la capacidad de transformar años de
experiencia en un legado musical que continúa vigente.
La trayectoria de Sabotaje se sostiene en la experiencia de
sus músicos y en la continuidad de un proyecto que ha atravesado distintas
etapas. Esa combinación le ha permitido conservar las bases del heavy metal
clásico y seguir defendiendo sus composiciones en directo.
En Mérida, la selección de canciones de “Santuario” y
“Legado XL” ofreció una panorámica de la evolución de Sabotaje, desde la
contundencia de “Destrucción” y “Malditos en el poder” hasta la mirada
retrospectiva de “La vista atrás” y la recuperación de “Encerrado en el
abismo”. Tras más de cuatro décadas de trayectoria, la banda sigue combinando
memoria y actividad presente sin dar por cerrada su historia.
Hay bandas que convierten un concierto en una sucesión de
canciones y otras que aspiran a levantar un universo propio sobre el escenario.
Gwydion pertenece a esta segunda categoría. Desde Lisboa, Portugal, este
grupo ha construido una identidad musical en la que el folk metal, las
guitarras contundentes, las atmósferas épicas y las referencias a la mitología
celta y nórdica conviven con una personalidad profundamente ligada a la
historia, la guerra, la resistencia y las tradiciones paganas. Su trayectoria,
iniciada en 1995, los ha convertido en uno de los nombres representativos del
folk y el viking metal portugués, con una discografía que recorre desde los
primeros pasos de “Ŷnys Mön” hasta la madurez compositiva de “Horn Triskelion”,
“Veteran”, “Thirteen” y el álbum homónimo Gwydion, publicado en 2020. Y
llegaron a Merida, con una descarga increíblemente activa. El repertorio enlaza
varias de las facetas que han definido el sonido de Gwydion a lo largo de casi
tres décadas. No se trata únicamente de una selección de temas representativos,
sino de un recorrido que permite apreciar la evolución de una formación que ha
sabido equilibrar el componente festivo del folk metal con la dimensión solemne
y combativa del metal épico.
La travesía comienza con “From Hel to Asgard”, una elección
especialmente apropiada para abrir las puertas del imaginario nórdico. El
título contrapone Hel, el reino asociado a los muertos en la mitología
escandinava, con Asgard, la morada de los dioses. Entre ambos extremos se
establece una tensión simbólica que encaja con la esencia del viking metal: la
existencia entendida como una lucha constante entre la oscuridad y la gloria,
entre la derrota y la posibilidad de trascenderla. Musicalmente, el tema pertenece
a “Horn Triskelion”, el álbum de 2010 con el que Gwydion consolidó su
personalidad dentro del folk metal europeo. La combinación de contundencia
metálica, melodías de inspiración épica y una narrativa vinculada al universo
vikingo ofrece un punto de partida capaz de establecer desde el primer momento
el carácter mitológico del repertorio.
“From Hel to Asgard” también representa una etapa importante
en la historia de la banda. Después de publicar “Ŷnys Mön” en 2008, Gwydion dio
continuidad a su propuesta con un segundo álbum que profundizaba en las
referencias nórdicas y en la integración de elementos folk dentro de una
estructura de metal cada vez más definida. En este sentido, recuperar el tema
supone volver a una de las piezas fundamentales de su identidad artística: una
música concebida para evocar territorios legendarios sin renunciar al peso de
las guitarras ni a la intensidad propia del género.
A continuación, “Hostile Alliance” introduce una dimensión
más beligerante. Publicada en el álbum homónimo Gwydion de 2020, la canción
forma parte de una etapa en la que el grupo revisita su propio legado y
reafirma su vocación épica. El concepto de una alianza hostil encierra una
contradicción sugerente: la unión entre fuerzas enfrentadas, la necesidad de
cooperar ante un enemigo común o la fragilidad de los pactos construidos en
tiempos de guerra. Es un planteamiento que encaja con las narrativas históricas
y mitológicas que recorren la discografía de la banda.
En la secuencia del concierto, este tema permite pasar de la
dimensión espiritual de la apertura a un escenario de conflicto humano. Si
“From Hel to Asgard” establece las coordenadas mitológicas del viaje, “Hostile
Alliance” traslada la atención hacia las relaciones de poder, la confrontación
y la supervivencia. El resultado es una transición conceptual que favorece la
variedad del repertorio y demuestra cómo Gwydion utiliza el imaginario épico no
solo para hablar de dioses y héroes, sino también de las contradicciones que
atraviesan cualquier comunidad enfrentada a la guerra.
El siguiente capítulo llega con “Thirteen Days”,
perteneciente al álbum “Thirteen”, publicado en 2018. Este trabajo marcó el
regreso discográfico del grupo después de una etapa de interrupción de
actividades, y recuperó la combinación de metal contundente, narrativa
histórica y referencias al mundo vikingo que caracteriza su propuesta. El
título del disco posee una relación directa con la temática de una de sus
partes, centrada en las incursiones vikingas en territorio portugués, mientras
que el álbum también dedica espacio a personajes y episodios vinculados a la
historia escandinava.
“Thirteen Days” constituye, por tanto, una pieza
especialmente representativa de la dimensión narrativa de Gwydion. El grupo no
concibe el pasado como una simple colección de nombres y fechas, sino como un
territorio de relatos que pueden traducirse al lenguaje del metal. La historia
se transforma en movimiento, tensión y memoria colectiva. El tema aporta al
setlist una perspectiva distinta a la de los cortes de “Horn Triskelion”,
porque se inscribe en una etapa de retorno y reafirmación en la que la banda volvió
a poner en primer plano su interés por las narraciones históricas. La presencia
de esta canción también permite apreciar la continuidad entre las diferentes
épocas de Gwydion. Aunque sus álbumes poseen matices propios, la fascinación
por la épica, los enfrentamientos y las figuras que sobreviven en la memoria
popular constituye uno de los principales vínculos entre ellos. En el contexto
del repertorio, “Thirteen Days” funciona como un recordatorio de que la
identidad del grupo no se limita a reproducir códigos genéricos del viking
metal, sino que incorpora una relación particular con la historia y el
patrimonio cultural de la península ibérica.
La siguiente parada llegó con “Cad Goddeu”, una composición
cuyo trasfondo mitológico amplía el horizonte cultural del repertorio. El
título remite a la tradición galesa y al conocido relato de la batalla de los
árboles, asociado al universo legendario recogido en el “Cad Goddeu”. La
elección de esta pieza subraya que el imaginario de Gwydion no se limita
exclusivamente a la mitología escandinava, sino que también encuentra
inspiración en otras tradiciones antiguas de Europa. Este detalle enriquece la
dimensión narrativa del concierto y aporta una perspectiva diferente a la
habitual iconografía vikinga. La canción se integra en ese punto de encuentro
entre la historia, la poesía tradicional y la fantasía épica que tantas
posibilidades ha ofrecido al metal europeo. En el contexto de la actuación,
representa una de las paradas más evocadoras del recorrido, una invitación a
descubrir cómo los relatos ancestrales siguen encontrando nuevas formas de
expresión a través de la música contemporánea.
El itinerario continuó con “Eldric Stormbringer”, un título
que parece extraído de una saga de personajes legendarios, fuerzas elementales
y destinos marcados por la tormenta. La composición encaja dentro de esa
dimensión fantástica que permite a Gwydion moverse entre las referencias
históricas y la imaginación heroica. El metal se convierte aquí en el vehículo
idóneo para construir imágenes de poder y movimiento, con la guitarra como eje
de una narrativa en la que la electricidad del sonido se combina con el
carácter cinematográfico de la épica. Más allá de su ubicación concreta dentro
del repertorio, el tema contribuye a mantener la coherencia conceptual del
concierto: cada canción abre una nueva escena, pero todas pertenecen a un mismo
universo de guerreros, leyendas y fuerzas que trascienden la experiencia
cotidiana.
Con “Fara i Viking”, la actuación recuperó de manera
explícita el espíritu nórdico que constituye uno de los pilares de la identidad
de Gwydion. El propio título evoca la llamada a la aventura y la marcha
vikinga, un imaginario en el que la navegación, el descubrimiento y el
enfrentamiento forman parte de una misma visión del mundo. La canción ocupa un
lugar especialmente natural dentro del repertorio de una banda que ha hecho del
folk metal una forma de combinar la contundencia del metal extremo con melodías
y referencias culturales de raíz tradicional. Aquí se encuentra buena parte del
atractivo de su propuesta: la música puede resultar agresiva en su ejecución,
pero mantiene al mismo tiempo una vocación narrativa y una dimensión colectiva
que invitan a compartir la experiencia. El espíritu vikingo no aparece
únicamente como una estética, sino como un lenguaje musical que conecta las
composiciones y permite que el concierto conserve su personalidad.
El séptimo capítulo llegó con “The Bards”, una pieza cuyo
título remite directamente a los bardos, figuras históricas y legendarias
encargadas de transmitir relatos, genealogías, hazañas y tradiciones mediante
la palabra y la música. La inclusión de esta canción aporta una reflexión
especialmente interesante sobre el propio sentido del folk metal. Si las
composiciones anteriores evocaban batallas, alianzas, personajes y travesías,
aquí aparece la figura de quien conserva y transmite esas historias. Los bardos
representan la memoria de los pueblos, la voz que sobrevive a los
acontecimientos y transforma las gestas en relatos capaces de atravesar
generaciones. Dentro de la secuencia, la canción funciona como una
reivindicación del poder narrativo de la música y de la importancia de las
tradiciones orales en la construcción del imaginario cultural europeo. Gwydion
conecta así el carácter festivo y combativo del género con una dimensión más
ligada a la transmisión de la memoria y la identidad.
La travesía prosiguió con “Mead of Poetry”, una composición cuyo título conduce al oyente hacia uno de los mitos más sugerentes de la tradición nórdica: el hidromiel de la poesía, asociado al conocimiento, la inspiración y el don de la creación artística. En esta leyenda, la bebida mágica concede el talento poético a quien la consume, convirtiendo el hidromiel en una metáfora de la sabiduría y de la capacidad de transformar la experiencia en palabras. Su presencia en el repertorio resulta especialmente significativa después de “The Bards”, pues ambas canciones pueden interpretarse como dos caras de una misma idea: la inspiración que da origen a las historias y la figura del narrador que las mantiene vivas. La mitología deja de ser un simple decorado para convertirse en el centro de una propuesta que encuentra en los relatos antiguos una fuente constante de identidad musical.
Con “Strength
Remains”, Gwydion se adentró en un terreno conceptual marcado por la
resistencia y la permanencia. El título, que puede traducirse como “la fuerza
permanece”, resume una idea que encaja tanto con el universo guerrero de la
banda como con la trayectoria de cualquier formación que ha mantenido su
identidad dentro de una escena musical cambiante. En un repertorio dominado por
referencias a antiguas civilizaciones, leyendas y enfrentamientos, la
resistencia adquiere un significado que va más allá de la batalla física:
también puede entenderse como la capacidad de preservar una cultura, una
convicción o una manera de entender la música frente al paso del tiempo. La
canción prepara el tramo final de la actuación con un mensaje de firmeza que
encaja con la personalidad del grupo. El acero, en este contexto, no representa
únicamente la dureza del sonido, sino también la voluntad de mantener viva una
determinada tradición musical.
La recta final llegó con “Brewed to Taste”, una pieza
vinculada a la faceta más festiva del imaginario de Gwydion. El título evoca la
elaboración de la bebida, la celebración y el componente comunitario que
históricamente acompaña a buena parte de las representaciones populares del
mundo vikingo. En el folk metal, el banquete, el brindis y la reunión colectiva
forman parte de un lenguaje tan reconocible como las batallas y las leyendas.
Esa dualidad es una de las grandes virtudes del género: permite pasar de la
solemnidad de los mitos a la celebración sin perder coherencia, porque ambas
dimensiones pertenecen al mismo universo cultural. Tras un recorrido por
alianzas hostiles, relatos legendarios, bardos y mitología, esta canción
introduce una perspectiva más desenfadada, recordando que la música de Gwydion
también se apoya en el disfrute compartido y en la vocación festiva que ha
convertido al folk metal en una experiencia especialmente participativa.
Sin embargo, el recorrido no concluyó ahí. “Veteran” puso el
broche final al repertorio propuesto, cerrando la actuación con una referencia
que remite a la experiencia acumulada, la perseverancia y el conocimiento
adquirido a través del tiempo. Después de atravesar mundos mitológicos,
batallas, historias de inspiración ancestral y momentos de celebración, el
concepto de veterano adquiere una resonancia especial. Es la figura de quien ha
recorrido muchos caminos, ha conocido la dureza del combate y continúa en pie
después de las pruebas. También puede leerse como una imagen de la propia
continuidad de una banda que ha construido su trayectoria alrededor de una
identidad definida, sin renunciar a las raíces culturales que alimentan su
música. Situada al final, la canción permite interpretar el concierto como un
viaje que no termina en la victoria de una batalla concreta, sino en la
permanencia de quienes han sobrevivido a todas ellas. También hay que destacar
cuando la banda, invito a un asistente del festival, con atuendo vikingo, que
no podía faltar a la fiesta, cuando le invitaron al escenario.
El repertorio de Gwydion combinó confrontación, aventura,
memoria, inspiración poética, resistencia y celebración. Desde “From Hel to
Asgard” hasta “Veteran”, las canciones recorrieron un imaginario alimentado por
la mitología europea y sostenido por la contundencia instrumental y las
melodías épicas. La actuación también tuvo un momento espontáneo cuando la
banda invitó al escenario a un asistente vestido con atuendo vikingo, que se
sumó a la fiesta.
Y para cerrar la jornada Lèpoka fue uno de los
nombres destacados de la jornada.
La presencia de Lèpoka coincidió con un momento
significativo para la formación castellonense. Nacida a finales de 2009 en
Castelló de la Plana, la banda ha desarrollado una propuesta que mezcla folk,
metal y rock festivo, con guitarras eléctricas junto a instrumentos
tradicionales como gaitas y violines. Esa combinación le ha permitido recorrer
escenarios de España y Latinoamérica. Su música alterna melodías reconocibles,
contundencia, humor, crítica social y una marcada dimensión colectiva en
directo.
El concierto se celebró en un Acerock que, pese al traslado
por la previsión meteorológica, mantuvo la entrada libre y reunió bajo techo a
las bandas y al público. El formato festivalero encaja con un repertorio como
el de Lèpoka, construido alrededor de estribillos directos, pasajes
instrumentales y canciones que invitan a participar. La combinación de metal y
raíces folk fue una de las claves de su actuación.
El repertorio de Mérida recorrió distintas etapas de la
banda y alternó canciones festivas con otras de tono más combativo. También
incluyó bloques enlazados que dieron continuidad al espectáculo y permitieron
pasar de la descarga instrumental a pasajes melódicos. La selección puso en
diálogo el material reciente con temas anteriores, sin perder el carácter
participativo del directo.
El arranque quedó marcado por “La última y a casa”, una
elección que funcionaba como declaración de intenciones en una noche en la que
el grupo tenía mucho que celebrar. El título, perteneciente a la nueva etapa
discográfica, encajaba con el espíritu de una banda que ha hecho de la fiesta
uno de sus principales lenguajes, aunque siempre con espacio para la ironía y
para una lectura menos superficial de sus canciones.
A continuación, llegó “No quiero despertar”, otra de las
piezas vinculadas al nuevo material, antes de recuperar la actitud
reivindicativa de “Seguimos en pie”. La sucesión de estos primeros temas
planteaba un recorrido que iba de la celebración a la resistencia, dos ideas
que conviven con naturalidad dentro del repertorio de Lèpoka.
“Brindo por verte” prolongó ese comienzo con una de esas
canciones en las que la cercanía y el sentimiento de camaradería ocupan un
lugar central. Frente a los pasajes más contundentes del repertorio, el tema
aporta una dimensión más emocional y permite recordar que el universo de la
banda no se sostiene únicamente sobre la velocidad, las guitarras y los
elementos tradicionales, sino también sobre historias de amistad, reencuentros
y experiencias compartidas.
La llegada de “Un nuevo big bang” devolvió la atención a
“Rebelión animal”, un álbum que amplía el abanico creativo de la formación y
que, desde su propio concepto, invita a mirar la realidad desde otra
perspectiva. A continuación, “Bestias de Inglaterra” quedó enlazada con los
acordes de “Killing in the Name”, de Rage Against the Machine, un cruce que
unía el imaginario de la nueva obra con la fuerza de uno de los himnos más
reconocibles del rock de protesta internacional. La combinación aportaba una lectura
especialmente coherente con la vertiente crítica de esta nueva etapa.
Tras ese primer tramo, “Color café” aportó una de las
novedades del repertorio. En su versión de estudio participa Cifu, de Celtas
Cortos, una colaboración que acerca la canción a otras tradiciones del rock
estatal sin borrar la personalidad de Lèpoka. Después llegaron “Goliardos” y
“Beerserkers”, enlazadas en un bloque de carácter festivo que evocó la
camaradería y las referencias tradicionales presentes en la música del grupo.
“Contra viento y marea” puso el acento en la perseverancia,
una idea que también encajó con la capacidad del festival para seguir adelante
pese al cambio de ubicación. Después llegó “Gallo rojo”, incluida en *Rebelión
animal* y grabada en disco con la participación de Kutxi Romero, vocalista de
Marea. La canción, compuesta por Chicho Sánchez Ferlosio alrededor de 1963
durante la dictadura franquista, aportó al concierto una dimensión política y
enlazó con la tradición combativa del rock.
Con “Malas lenguas”, el concierto volvió a sumergirse en el
universo de “Rebelión animal”. El título prolonga la mirada crítica del disco y
forma parte de un conjunto de canciones que utilizan imágenes, personajes y
situaciones para hablar de comportamientos reconocibles en la sociedad
contemporánea.
A continuación, los acordes del Tetris quedaron enlazados
con “El baile de los caídos”, conectando dos universos distintos dentro de la
trayectoria del grupo. La combinación daba paso a uno de los títulos más
reconocibles de su etapa anterior y recordaba la importancia que tuvo el álbum
homónimo en la consolidación de su sonido. En Lèpoka, los cambios de ritmo y de
atmósfera permiten pasar de la ironía a la épica sin romper la continuidad del
espectáculo; es precisamente esa capacidad para combinar registros lo que evita
que su propuesta quede reducida a una única fórmula.
El siguiente bloque reunió “Pandemonium”, “Esbarzers” y “La
nit és nostra”, una secuencia que reforzaba la dimensión colectiva del
repertorio y enlazaba distintas referencias musicales dentro de un mismo tramo.
La presencia de “Pandemonium” remitía a la faceta más contundente de la banda,
mientras que la incorporación de “Esbarzers” y “La nit és nostra” aportaba
variedad lingüística y una conexión más directa con las raíces culturales del
grupo. La diversidad forma parte de la personalidad de Lèpoka: sus canciones no
dependen exclusivamente del idioma ni de un único modelo de composición, sino
de la capacidad para crear ambientes en los que los elementos tradicionales y
las estructuras del rock y el metal se refuerzan mutuamente.
La siguiente combinación, “Rebelión animal” y “Dónde vas”,
volvió a tender un puente entre el presente discográfico y el repertorio
anterior. La primera remitía al concepto que articula el nuevo álbum, inspirado
en la obra de George Orwell, mientras que la segunda recuperaba una canción que
forma parte del recorrido musical de la banda. Ese diálogo entre novedades y
composiciones anteriores resultaba esencial para entender el momento que
atraviesa Lèpoka: una formación que continúa ampliando sus horizontes, pero que
no necesita renunciar a los temas que han acompañado a sus seguidores durante
años. La publicación de un nuevo disco siempre plantea el desafío de encontrar
un equilibrio entre la presentación de material reciente y la recuperación de
canciones que ya forman parte de la memoria colectiva del público, y el
repertorio de Mérida reflejó esa convivencia.
Con “Contando al andar”, el concierto se adentró en un
terreno más narrativo y melódico. La canción, incluida en la etapa de “Dios
está borracho”, representa la capacidad del grupo para combinar la energía del
folk metal con una escritura que pone el acento en el recorrido personal y en
las experiencias que dejan huella. A continuación, llegó “Somos”, un título que
reforzaba la idea de identidad compartida y que encajaba con el carácter
comunitario de un festival como Acerock. Más allá de las diferencias entre
estilos y generaciones, las citas de este tipo mantienen vivo un espacio en el
que músicos y seguidores se reconocen a través de la música, intercambian
referencias y contribuyen a sostener una escena que necesita tanto grandes
escenarios como encuentros independientes.
“Escala en Madrid” volvió a situar el foco en “Rebelión
animal” antes de que “Un año más” recuperase el carácter festivo y cercano que
caracteriza buena parte del repertorio de Lèpoka. Esta última canción
representa uno de los rasgos más reconocibles de la banda: la capacidad para
transformar situaciones cotidianas en composiciones que invitan a compartir una
experiencia. En su universo, el humor y la celebración no están reñidos con la
mirada crítica, sino que conviven con ella y ayudan a construir un lenguaje
propio. El repertorio avanzó después con “Antes del amanecer”, una canción que
aportaba otro matiz a la sucesión de temas y que recordaba la importancia de
las melodías dentro de una propuesta que a menudo se identifica, de forma
simplificada, con su vertiente más festiva.
En el tramo final, “Otra ronda” quedó enlazada con “Alcohol”
(emulando al mundo futbolero … “el resultado nos da igual”), una combinación
que devolvía al primer plano el componente desenfadado de la banda. La relación
entre música, celebración y camaradería ha estado presente desde los primeros
pasos de Lèpoka y continúa siendo uno de los elementos que explican su conexión
con el público. Sin embargo, reducir su propuesta a una invitación permanente a
la fiesta sería ignorar la evolución de una formación que ha incorporado a su
repertorio nuevas capas narrativas y una mirada social cada vez más evidente.
Esa dualidad, entre el carácter festivo y la reflexión, es precisamente una de
las claves de su identidad.
La recta final continuó con “Dios está borracho”, tema que
da nombre al álbum publicado en 2024. Durante la canción, una persona del
público con atuendo de Dios fue invitada a subir al escenario, sumándose al
ambiente festivo. Después llegó “Yo controlo”, elegida para cerrar el concierto
y recuperar una de las piezas más reconocibles del repertorio de Lèpoka, con su
combinación de energía, humor y participación colectiva.
La actuación de Lèpoka en el Acerock conectó distintas
etapas de su discografía y dio espacio destacado a “Rebelión animal”, publicado
al inicio de aquel fin de semana. El repertorio mostró las distintas facetas
del grupo: contundencia metálica, melodías folks, humor y una atención
creciente a los temas sociales.
El Acerock volvió a demostrar el valor de los festivales de
proximidad: ofrece espacio tanto a bandas consolidadas como a propuestas
emergentes y facilita el encuentro entre músicos y público fuera de los grandes
circuitos. Pese al cambio de recinto por la meteorología, la Asociación Acero
sacó adelante una programación variada y gratuita. También destacó la afluencia
de asistentes, que fue aumentando a lo largo de la jornada, y la cercanía de
las bandas con quienes se acercaron a saludarlas, conversar o felicitarlas por
sus actuaciones. Enhorabuena a la organización y a todos los grupos
participantes, por ofrecernos esta gran edición del Acerock.
Crónica: Misfits Salenek
Fotos: Angelvfr
Fotos Atreides: Patricia Tena




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